Kwaidan

El más allá Los cuentos de Lafcadio Hearn que adapta Masaki Kobayashi en El más allá tienen un evidente regusto a terror clásico, es lo que habría escrito Edgar A. Poe si hubiera compartido las claves culturales de Oriente. Las historias sobre fantasmas que carecen de efectismos fútiles ya no asustan ni a un niño de diez años, pero conservan un aire de fina elegancia que los hace atractivos al ojo paciente.

Kobayashi se lleva a su terreno los cuentos de Hearn, los moldea para adecuarlos a su particular cosmos y la asociación resulta muy exitosa. En mi particular caza de ideas internáutica he leído varias críticas que reprochaban a El más allá cierto carácter excesivamente literario, pero yo creo que la propuesta estética en esta película de Kobayashi está mucho más anclada a su propia concepción del cine que a las constantes de la narrativa de Hearn. Todo cine de terror no tiene porqué ser vertiginoso y epatante, puede tener un ritmo pausado y unas referencias artísticas alejadas de lo habitual. El más allá es como un mal sueño, las situaciones van adquiriendo poco a poco un aire enrarecido que degenera hacia la pesadilla, y no por ser previsible deja de ser inquietante. La fotografía sigue el corte habitual de otras películas del director pero presenta la novedad de un uso muy expresivo del color y unas escenografías de corte surrealista que recuerdan al Kurosawa más tardío. El color rojo simboliza la pasión y la vida, hace su discreta aparición en los cuatro cuentos. Es de obligada mención la música de Tôru Takemitsu, esquemática, disonante y necesaria.

La primera historia se titula Pelo negro, habla de un samurái arruinado que abandona a su mujer para casarse con otra llena de riquezas. El narrador introduce la historia, ésta empieza muda. A lo largo de los cuatro cuentos la narración recuerda a la figura del benshi, reforzado por el carácter silencioso de la banda sonora. Pelo negro es previsible, sí, pero la escena final supera cualquier expectativa. La casa devastada es testigo del horrible descubrimiento y de una escena en la que el protagonista va perdiendo la cabeza y la juventud por momentos. El siguiente cuento, La mujer en la nieve, comienza en una secuencia con aspecto teatral en la que el cielo se llena de ojos que observan a dos pescadores que caminan por campos nevados. El protagonista es Tatsuya Nakadai, presente en casi todas las producciones del director. Es, quizás, el cuento más teatralizado, también el más cercano a la estética del ya mencionado Kurosawa tardío.

El tercero es el mejor de los relatos que conforman la película y, por suerte, el que ocupa más metraje. Hoichi es un biwa-hôshi que toca como nadie la historia del hundimiento de un clan. Una noche es reclamado por un extraño samurái para que actúe ante un eminente público. Esta pequeña historia aporta novedades al jidaigeki que no había visto en ninguna otra película hasta ahora. Por un lado, es la primera vez que veo una batalla en el mar, la escena se desarrolla entre pinturas que recrean los sucesos e imágenes reconstruidas del propio suceso. Las escenas reconstruidas merecen una especial mención por su belleza plástica, están tratadas con un colorido realmente expresionista. Por el otro lado, Hoichi es la primera historia que integra realmente bien las actuaciones musicales en el argumento, uno es capaz incluso de disfrutarlas. En muchas películas japonesas hay conciertos eternos totalmente desvinculadas del aspecto argumental, y es de los elementos que más lejanos puede resultar al público occidental. En esta ocasión, el biwa-hôshi toca su música también para la cámara, y ésta participa de la historia, no como en otras películas en la que sólo parece recoger un testimonio con ojo documental.

Hoichi es también el cuento que tiene un mejor guión. El argumento es mucho más complejo e imprevisible que en los dos cuentos anteriores y su final, con el cuerpo del protagonista pintado de oraciones y una explosión de violencia totalmente inesperada, pasa directamente a mi galería mental de escenas míticas. El elenco actoral está muy bien seleccionado; desde Katsuo Nakamura, el protagonista, hasta el mítico Takashi Shimura, que hace un papel poco relevante, pero del que se agradece su sola presencia.

En la taza de té cierra la película, es el cuento más rupturista con la estructura tradicional que siguen los anteriores. Primero porque contiene dos historias distintas, una introducida en forma de flashback sobre la otra, y segundo porque el final de la subordinada queda roto e inconcluso por exigencias de la historia principal. El argumento de En la taza de té está directamente basado en un proverbio japonés: “Aguántate la sed, no vaya a ser que te atragantes con un alma”. La idea de la que parte parece estar muy arraigada a la cultura nipona, pero para mi visión occidental es de una poética insólita, de una lírica muy delicada. En la taza de té permite a Kobayashi tocar uno de sus temas predilectos, el japón feudal, y como siempre se desenvuelve muy bien en estas lides; la escenografía y la fotografía, la coreografía de las escenas de acción y el último plano del protagonista, enloquecido, son lo mejor de la última historia.

Las películas que están divididas en distintos bloques atómicos suelen resultar indigestas. El ojo y el cerebro están acostumbrados a valorar más la totalidad que la fragmentación y El más allá no es un trago fácil, pero si se hace un poco de esfuerzo y se vence la pereza, Kobayashi te da las gracias personalmente.

Anuncios


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s