Dwoskin, Marker, Mekas, lo que me parece ético y lo que no

En el último vídeo que he hecho, que se llama Destellos y reflejos y lo subiremos a la cuenta de VIMEO de ZEMOS98 cuando tenga los logos de rigor (mortis), tenía la idea de intercalar entre los planos que yo grabé trozos de otros vídeos, de películas. Tenía muy claro que quería Dirty de Dwoskin, porque por un lado había actuado de vaporoso cigoto en la formación de mi idea y por otro ponía de manifiesto como ninguna otra película que yo haya visto (me falta mucho experimental por ver) los viejos axiomas del cine, de la imagen en movimiento, a saber: el fotograma, la luz, el grano, el soporte y su desgaste.

Necesitaba tres bloques de imágenes de archivo, con uno cubierto, encontré en las manifestaciones que Chris Marker documenta en Puisqu’on vous dit que c’est possible un buen motivo para el primero de los tres. En esta ocasión sí que había una cierta reinterpretación de las imágenes, porque funcionaban de anexo a la historia de mi vídeo, continuación, o cierre del primer trozo de la narración. En el caso de Dirty me generaba dudas el sacar solo un trozo del vídeo, descontextualizarlo del total, pero el sentido original permanecía, al menos hasta donde yo se lo entendía a Dwoskin, claro. Por tanto, no me generaba mucha duda, respetaba el original. En el caso de la película de Marker el asunto derivaba, porque era una utilización interesada, distinta de la original, que tenía como fin último mover al cambio, denunciar una realidad y documentarla en el timeline histórico. Eran imágenes bellas por funcionales. ¿Tenía sentido reutilizar imágenes de uno de mis cineastas favoritos? Bueno, pensé que para Marker no dejaban de ser imágenes con una función de denuncia social, por qué no podría atribuirles yo otra función.

Para el segundo espacio a rellenar con imágenes de archivo necesitaba alguna estampa familiar, y vi Walden: Diaries, Notes and Sketches de Jonas Mekas. De las tres horas que dura, podría haber como una hora y media que valía para mi vídeo. Remezclar, remezclar. Este 2012 he abrazado la idea de que todo es remezclable, por razones obvias, ZEMOS98, ejem. Jonas Mekas enfrentándome a lo que pienso, mola. ¿Todo se puede reutilizar? Yo, que soy un romántico, veía algo como una especie de blasfemia en incluir a un Mekas amputado en mi vídeo. Pero mi amor por Mekas es comparable a mi amor por Marker y Dwoskin, entonces ¿por qué en el caso anterior me di el visto bueno y en este no era capaz de dármelo?

En Dirty respetaba el sentido original, en Puisqu’on vous dit que c’est possible se reinterpretaban las imágenes, su sentido funcional me daba carta verde. ¿Qué pasa con Walden? Mekas se ha aventurado durante décadas a documentar la belleza, lo azaroso, lo que llama con absoluto acierto poético glimpses of beauty. ¿Qué función tienen esas imágenes más allá de la propia imagen? Ninguna, y así debe ser. Es simple celebración de la vida. ¿Está bien que yo le introduzca un sentido a lo que nunca quiso tenerlo? ¿Está bien que yo utilice su belleza para mis propios fines? Mis fines son también los de hablar de la belleza de la imagen, sí, lo que probablemente me convertiría en un vampiro, estaría desangrando esas imágenes en mi favor. No me pareció ético utilizar esas imágenes, y encontré una excepción personalmente romántica y profundamente subjetiva a la regla de que toda imagen es remezclable. Esta línea de pensamiento podría seguir y puede que nos condujera a intentar definir la palabra autor, pero me quedaría grande el asunto, además es Nochebuena y el jamón york con huevo hilado me espera.


17/12/2012


06/12/2012

Creo que voy a empezar un diario.


La Belle Epoque

Alguien tendría que desmitificar las revelaciones y los éxtasis, humillarlos con una obra absolutamente despreciable, algo como lo que hizo Takeshi Kitano consigo mismo en Glory to the Filmmaker. Las revelaciones y los éxtasis no dejan de ser un monumento autoerigido del que las experimenta, un monumento que celebra la inteligencia de su edificador.

Las revelaciones y los éxtasis son signos de mediocridad; cuanto menos tengas, mejor. Yo tengo muchos y después siempre me avergüenzo de ellos. Recuerdo Las horas del verano de Olivier Assayas como todo un acontecimiento. Me volvió loco la suspensión de la narración del final, todavía estaba Antonioni por conocer, y la crítica a la institución museo. Sobre todo, recordemos, porque esta película era un encargo del Museo Orsay. Después, uno pasearía por el Reina Sofía, pasillos llenos de cosas que se contradicen con el espacio en el que se encuentran. Bueno, el Museo Orsay encargó a Assayas una peli, y a Hou Hsiao-hsien otra. Hou Hsiao-hsien hizo esa delicada El vuelo del globo rojo y se volvió a Taiwán, a lo mejor con el DVD de Las horas del verano en la mochila. Porque llevaba mochila, todos los asiáticos la llevan, lo hemos aprendido de Hong Sang-soo.

Tres años después tenemos una respuesta a todo aquello que decía el Assayas de Las horas del verano en el cortometraje La Belle Epoque de Hsiao-hsien, que es lo que está ahí arriba. Los lingotes de oro como remanente material del valor de algo, como expresión física y no exclusivamente numérica, como cantar al pasado y a los afectos familiares.

En la dichosa RAE hay varias acepciones de la palabra afecto, dos de ellas son estas:

  • 1. m. Cada una de las pasiones del ánimo, como la ira, el amor, el odio, etc., y especialmente el amor o el cariño.
  • 3. adj. Dicho de una posesión o de una renta: Sujeta a alguna carga u obligación.

¿Cuál es la carga? La carga es lo que diferencia la conclusión de Las horas del verano de La Belle Epoque. En la de Assayas se notaba un parcial descuido de la primera acepción, que producía el desentendimiento de la segunda: no llegamos a perder la identidad porque conseguimos congelarla en el museo, pero ya no se puede romper la cadena del frío. Hsiao-hsien es más luminoso, el oro se conserva por el reflejo familiar del pasado que nos devuelve, no por su valor económico (incluso en el momento histórico en el que marca los precios más altos). Y además, por el camino de sus escasos seis minutos nos regala un par de imágenes de esas que acercan a uno al éxtasis.