Gestos: Desgracia, Cuentos de Tokio

En Desgracia, David Lurie es expulsado de la Universidad de Ciudad del Cabo en la que daba clase por un affaire con una alumna. Se refugia de su progresiva desconexión de la realidad al lado de su hija Lucy. Cierto día tres desconocidos irrumpen en la casa en la que viven, dejan inconsciente a David y se encierran en la casa con Lucy. La violan.

Shukichi y Tomi son los protagonistas de Cuentos de Tokio, padres ya ancianos que van a visitar a sus hijos a la capital. Sin embargo, el ajetreo de la ciudad y el trabajo se convierten en escudo de los hijos, desconectados generacional y geográficamente de sus padres. Tras vagar por diferentes casas, los protagonistas terminan en la de Noriko, esposa de Yoji, su hijo fallecido siete años antes. Con cierta falta de tacto, los ancianos, sentados en el tatami uno frente al otro, recuerdan a su hijo; Noriko, sentada a uno de los lados, escucha.

La escena comienza con un plano general frontal de los tres personajes que se intercala con los primeros planos marca Ozu.
2
3
1 
4
En cierto momento, cuando la conversación entre los padres empieza a tomar aires más íntimos, la cámara de Ozu se sitúa a la espalda de Noriko:

12
123
1234
123456

Coetzee, en lo que se puede interpretar como un gesto de pudor, evita decir que los que violan a Lucy son negros, pero lo son. La reacción de Lucy al suceso pone de manifiesto que la omisión del autor no se producía por pudor. Lucy, ante la incomprensión de su padre, decide no denunciar a los acosadores aunque podría averiguar fácilmente quiénes son. Decide asumir en la carne la herencia de la violencia durante la colonización de Sudáfrica como ciudadana de origen europeo/opresor.

En Cuentos de Tokio, que la cámara salte a la espalda de Noriko en el momento más delicado también puede interpretarse como un gesto de delicadeza del director hacia su personaje. Vemos cómo va agachando la cabeza al tiempo que las palabras van hiriendo de forma inocente la memoria de la muchacha. Al fondo de la imagen podemos ver una fotografía de Yoji poco antes de ser llamado para enrolarse en el ejército. Y uno no puede evitar pensar que el gesto de protección de nuestro querido Ozu no está dirigido al personaje, sino hacia el espectador japonés de su tiempo, para que no sienta sobre sí la responsabilidad del dolor de la muchacha. Yoji había muerto en la II Guerra Mundial, un episodio de gran vergüenza para la nación; en ese plano general desde la espalda de Noriko se están intentando expiar las heridas de Japón, 8 años después de terminar la guerra.


Gestos: ¿Qué hora es?

La interioridad de los personajes de Tsai Ming-liang suele terminar desvelándose en el gesto; a veces, cuando se cruzan un par de miradas, uno piensa que está más cerca de Hollywood de lo que creía, en algún lugar entre Luz que agoniza, Los cuatrocientos golpes, Vertigo y Antonioni.

Shyan-chyi se acerca al puesto de relojes de Hsiao-kang buscando un reloj que dé dos horas distintas, va a viajar a París. Insiste en comprar el que Hsiao-kang viste, insistencia que sugiere el origen de algún tipo de relación, resuelta inesperadamente después, como una especie de desdoblamiento espiritual que sugiere que no hay huida posible del aislamiento emocional.

Pero volvamos al gesto: la segunda vez que los protagonistas se encuentran, se intuye el inicio de una relación entre ambos; él accede a venderle su propio reloj a la muchacha, no sabemos muy bien por qué.

uno

Lleva a cabo la transacción con naturalidad, le dice que le ha hecho un 30 por ciento de descuento. Le pregunta a dónde va, ella dice París y desaparece del cuadro.


dos

Él se gira en la dirección en la que ella se ha ido, uno piensa que para mirarla. No. Recoge una herramienta de trabajo que dejó ahí antes de que ella llegara.

cuatro2

Hsiao-kang empieza a ordenar el chiringuito mientras uno piensa en la disfunción de la escena.

tres

Cuando creemos que nuestro insaciable apetito de emociones va a quedar frustrado, Shyan-chyi vuelve. Y vuelve con un pastel en la mano para Hsiao-kang.

cinco

Ella, sin despedirse, vuelve a salir por el mismo sitio del encuadre.

ult

Y ésta vez él si la mira, con el pastel en la mano, saliendo de sí, intrigado. Y nosotros nos quitamos el hambre (un poco).

Por suerte, la distancia del viaje impedirá cualquier relación sin duda disforme. Y de ahí al hackeo de los relojes de la ciudad, a las devoluciones en los baños de París, a los roces con prostitutas, al encuentro con Antoine Doinel.


Dirty

Llega en una escueta esquela un enlace a un vídeo sobre unos cuerpos y una cámara que acaricia los cuerpos mientras los cuerpos se acarician y beben vino. La impresión que provoca lo que veo supera cualquier necesidad de una explicación estética otras veces necesaria, lo que veo en la pantalla (aún en el caso de que no se ajustara a los objetivos del cineasta o a los logros estéticos acordados por historiadores y críticos) me toca, me afecta, conecta muy bien con lo que hoy entiendo debería ser el cine, o al menos el cine que me interesa.

La grabación fluctúa, como si la bombilla estuviera a punto de fundirse y el recurso encontrado queda bien como síntoma sobre la pantalla de la fragilidad de Dirty derivada de su condición utópica. Como en el mejor cine reciente, en Dirty se parte de una cierta visión inocente auto-impuesta con el objetivo de transmutar la imagen cinematográfica. Desde mi visión sesgada por la ignorancia y la imaginación, el intento de detener, de volver sobre el tiempo, sobre la caricia, y luego regresar a su velocidad natural es inevitablemente ingenuo. Pareciera que Dwoskin quisiera evitar la sangría del tiempo, volviendo sobre el detalle, sobre el instante sublime que en las demás películas muere al tiempo que va ocurriendo en la pantalla y que en esta ocasión se permite prolongarse algunos momentos más. El movimiento circular como estancamiento estético en una emoción, estancamiento inoperativo y sucio por hedonista, bello por desligado de cualquier propósito.

Y la congelación, el juego con la velocidad de los fotogramas por segundo termina por dar alas a Dirty, insinuando que la salvación del éxtasis en el cine podría pasar por la fotografía, por el instante temporalmente congelado sobre la carne. Los cuerpos partidos por planos detalle van tendiendo progresivamente a una abstracción sensual aterradora hasta desencadenar en un plano final que es el éxtasis, una vuelta al origen, una invitación al bucle sin fin.