Rayo blanco, lluvia negra

Lluvia negra Lluvia negra empieza el 6 de agosto de 1945 en Hiroshima, momentos antes de que caiga la bomba atómica. La destrucción y el tremendo dolor que veremos durante las siguientes escenas se verán sustituidos más tarde por un costumbrismo radioactivo; seguiremos la vida de los marcados por el rayo de luz blanco.

El día a día de la familia protagonista, se desenvuelve entre los más cotidianos quehaceres, pero nunca deja de planear sobre sus cabezas el 6 de agosto, aunque quieran olvidarlo. Los tíos estaban en Hiroshima en el momento del rayo blanco; Yasuko, sobrina, fuera de la ciudad y sólo recibió la lluvia radioactiva que da título a la película. Conviven en una zona con otros muchos marcados, apartados de la sociedad, mirando de reojo el final de sus vidas, sabiendo que sus últimos días estarán marcados por un dolor terrible. Gracias a la adaptación de Imamura sobre el texto de Masuji Ibuse, vemos por primera vez en las pantallas el destino de los supervivientes, casi tan trágico como el de los muertos y con muchas más posibilidades dramáticas. Los que cayeron fulminados por la bomba también están representados en algunas de las escenas, la cámara sigue al trío protagonista mientras cruza la ciudad para llegar a un refugio, y por el camino muestra algunas de las imágenes más duras que mi ojo ha visto: un niño carbonizado en brazos de una madre catatónica, un padre que no es capaz de reconocer a su hijo, escombros, explosiones, cuerpos rígidos desplazándose por el río y toda clase de horrores.

En su mayor parte, estas imágenes surgen de la pluma con la que el luchador tío de Yasuko hace una copia de su diario. Mientras transcribe lo que escribió los días posteriores a la caída de la bomba, el espectador es testigo de la atrocidad. Yasuko no encuentra marido, porque está marcada por la radioactividad, su tío hace una copia del diario para que un médico verifique que ella no estaba presente en Hiroshima el día de la caída de la bomba. Superando las dificultades, encuentran un marido sano, pero la protagonista lo rechaza. La parte central de la película recibe un tratamiento costumbrista, las vidas siguen y los personajes adecuados a su estado de salud, se dedican a resolver sus problemas cotidianos, un estanque de peces centra la atención de algunos, visita al cementerio, charlas entre vecinos, pequeños problemas de la comunidad… Shohei Imamura es de esos directores de la Nuberu Bagu que propuso una ruptura brusca con el cine clásico japonés, pero es innegable que Lluvia negra tiene mucho de Yasujiro Ozu en estos pasajes cotidianos. Es cierto que para en 1989, año de producción de la película, poco quedaba ya del afán de ruptura que Imamura, Oshima y demás habían propuesto en los 60, pero el ejemplo nos sirve para calibrar la influencia de Ozu sobre el conjunto de la producción cinematográfica japonesa.

Esto no quiere decir que Imamura hubiera dejado de correr riesgos para 1989, de hecho la otra película que he visto suya, La anguila, es posterior a Lluvia negra y tiene una escena de una brutalidad extrema también. Su cine es, por definición, subversivo, y Lluvia negra es dolorosa para un espectador occidental como yo, pero para los japoneses debió ser un impacto duro sobre sus conciencias. Imamura recrimina con un profundo humanismo la actitud de la sociedad japonesa hacia los marcados por el rayo blanco. No culpa explícitamente a la sociedad, sólo hace falta recordar, los japoneses saben que son culpables de ejercer un olvido consciente sobre las víctimas vivas de Hiroshima y Nagasaki. En el notable libro de Shlomo Sand El siglo XX en pantalla (Cien años a través del cine), el autor indica cierto carácter ventajista de los grandes directores japoneses al abordar sólo la parte que les conviene del conflicto con Estados Unidos. Es cierto que Lluvia negra no habla sobre la responsabilidad de Japón en el inicio del conflicto, pero también es cierto que en ningún momento culpa a Estados Unidos por tirar las bombas. No es ese el objetivo de Imamura, su enfoque es más humano que histórico; habla de las personas, no de los sucesos. Desde la óptica propiamente cinematográfica no tiene sentido juzgar una película por lo que no es o debería haber sido.

El blanco y negro contrarresta la crudeza de las imágenes iniciales y ancla las imágenes en el pasado, suavizando así el brutal impacto que podía producir sobre el espectador. La fotografía está hecha con la intención de dar un papel protagonista al contraste entre los claros y los oscuros, es una buena seña de identidad de la película. A veces las escenas son meros apuntes, imágenes sueltas que van acercando a los protagonistas al abismo final, el ritmo que imprime Imamura es pausado pero inexorable hacia la escena en la que la tía observa a Yasuko en el baño perdiendo el pelo, otra imagen imborrable. Finalmente queda sellada la unión entre Yasuko y Yuichi, veterano de guerra medio loco que representa en la película a la facción masculina que estuvo en el frente, fuera del alcance de la bomba pero igualmente afectado por la guerra.

Hay un momento en el que el protagonista habla en nombre de todas las víctimas de la bomba: “es mejor una paz injusta que una guerra justa”. En eso se resume el sentir general de la película, que se cierra con amargura con los pensamientos del tío: “Si sale allí abajo un arcoiris, ocurrirá un milagro. Pero que no sea blanco, presagio funesto. Haría falta un arcoiris de cinco colores deslumbrantes. Entonces Yasuko se curaría.”



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