Museo Reina Sofía. 12 de octubre de 2012.

Dalí coge su cuadro colgado en la pared. Es el rostro de una mujer tumbado en la arena. Lo gira. Cambia la percepción del cuadro. Lucas coge la cámara y lo graba. Llama la atención, como en otras partes del museo, que expongan un gesto tan contradictorio con la idea de museo. Pensarán, quizás, que es un mal menor.

La cámara en modo automático funcionaba al capricho de la luz de la proyección, y durante el momento que quería grabar se cruza una señora por delante de la cámara. La mujer no tenía la culpa, estaba ocultando tan bien la cámara, pensando que no se podía grabar allí, que ella no la había visto. Pensando que la señora había estropeado el plano, apagó la cámara y la guardó. Caminando pensó que quizás la señora añadía una nueva capa de sentido al vídeo, modificaba a su vez lo que Dalí había pretendido con el gesto. Porque la señora lo anclaba a un contexto, porque era una nueva puesta en distancia sobre el vídeo, como una mirada sobre la mirada.

¿Cuál es la distancia entre lo aleatorio y lo simbólico? Cuando Dalí gira el cuadro, está produciendo un cambio de sentido. Cuando una señora se cruza por delante de Dalí girando el cuadro, está produciendo un cambio de sentido. La señora se cruza de espaldas y sin embargo mira hacia adentro de la cámara, hacia el ojo que graba, ve el mecanismo, que ya no es mecánico sino indistinguible, y pregunta en qué momento convertimos la realidad en un entramado de símbolos, en una ficción más allá de la ficción, más adentro de nosotros mismos que nosotros mismos.

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