La escritura de Naomi Kawase

Un tema que atraviesa tangencialmente las películas de Naomi Kawase es la escritura, quizás como anexo a su obsesión por los problemas comunicativos. La ausencia, verdadero epicentro donde confluyen todas sus películas, produce un cerco de aislamiento alrededor de sus personajes, personajes que suelen ser alter ego sobre los que se reformulan los recuerdos traumáticos de la directora.

Cielo, viento, fuego, agua, tierra es uno de sus íntimos diarios fílmicos, en él afronta con un bonito paso errático los sentimientos que le despierta la muerte de su padre, que la abandonó cuando era niña. Decide hacerse el mismo tatuaje que él llevaba en la espalda; en una conversación con el tatuador que empieza con evidente tono ficcional se van liberando capas de emoción cada vez más auténticas. Él no quiere que Naomi se haga el tatuaje porque es de la yakuza, y para persuadirla le enseña lo que duele la aguja. El dolor de la escritura en la carne.

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En el último plano de la película aparece la directora corriendo desnuda por el campo con el tatuaje en la espalda. Su origen inscrito en la carne, algo sobre lo que construir.

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Shara convierte la ausencia del hijo en un catálogo de reacciones a la ausencia. El embarazo de la madre, el cuadro que le pinta su hermano… Y la incapacidad del padre, Taku, para afrontar la situación, refugiado entre los tomates y las flores de su jardín. El cuadro de Shun consigue activar al padre, le invita a afrontar el dolor. En la siguiente escena, la escritura toma forma de tentativa, de intento de adentrarse en el dolor para aceptar la muerte del hijo, junto a él están su mujer Reiko y Shun. El camino iniciado culmina en el Festival Basara, el baile como ritual y catarsis, pero eso ya es otra historia.

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El bosque del luto es la película menos narrativa de Naomi Kawase, investiga nuevas imágenes de ausencia a través de una gramática self-made mínima.

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Naomi abraza la idea de su personaje y construye el proceso de búsqueda de su protagonista con sus propios mimbres. El parecido de Machiko con la esposa muerta décadas atrás de Shigeki despierta en el anciano el dolor mal canalizado tiempo atrás. En una escena en la que Machiko y Shigeki escriben juntos, él escribe Mako, el nombre de su mujer, ella escribo Machiko, su nombre. Le rompe el papel varias veces intentando borrar la sílaba central.

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Es en El bosque del luto donde podemos ver con más claridad que Kawase considera la lengua escrita una aproximación más incapaz a la realidad que lo audiovisual, que será lo que impulsará al protagonista a la redención en el centro del bosque.

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