Deborah Kerr de Calcuta

blacknarcissus
Es considerable la satisfacción cuando uno, por X o por Y, se acerca a la estrecha entrada de una cueva oculta entre la maleza y, tras andar varios metros a tientas por su corredor, encuentra un potosí. Sorprende y complace descubrir Narciso negro, una película que todavía no vive a la sombra de la bandera que planta la antojadiza crítica cinematográfica delante de cada obra supuestamente insustituible; por ahora queda reservada para el penumbroso deleite del ojo curioso.

Preguntar por las eventualidades que ha podido vivir la película de Powell y Pressburger durante más de medio siglo hasta hoy es un ejercicio bastante frustrante, aunque es fácil suponer que la matriz controvertida del guion pudo actuar de freno sobre la difusión en su momento. En mi opinión, el libreto de Narciso negro tiene dos caras; tenemos una idea de base bastante insólita, que escapa con cierta agilidad del catálogo dentro de un género cerrado y que trata un tema tan incómodo como la sexualidad reprimida por la religión, algo que además sigue estando de rabiosa actualidad. El arrojo de los directores al abordar esta historia es muy meritorio, recordemos que estamos en 1947, pero también se pueden percibir algunas incoherencias en el desarrollo de la historia. Los flashback que explican la vida pasada de la protagonista desaparecen de repente, impostando una explicación que suena apresurada; el intrigante sabio en la montaña, personaje del que se intuye algo de relevancia al final, queda tan incompleto como al principio; y también la participación de las demás monjas en ese palacio se va difuminando, conforme la historia avanza, hasta quedar en nada. El tema de los hilos extraviados del guión (puede que en la sala de montaje) es fácil de olvidar gracias a la intensidad que cobra la última parte de la película, lo que realmente molesta del libreto es un aspecto que se podría hacer extensible a gran parte de la producción de esa época clásica del cine occidental: la representación de culturas foráneas se suele hacer con cristalina condescendencia, en Narciso negro se enfrenta el cristianismo a la barbarie del pueblo hindú. Especialmente sangrante es el tratamiento del personaje que hace Sabu, hijo del general, con la típica inocencia y amabilidad, con el interés por aprender “la verdad” occidental; es una mirada amable sobre el pueblo hindú que no deja de esconder una incomprensible benevolencia hacia las peculiaridades culturales.

En cualquier caso, Narciso negro no alza cejas por sus propiedades conceptuales, sino por su admirable belleza plástica, fruto de un minucioso tratamiento de las seis manos de Emeric Pressburger, Michael Powell y el fotógrafo Jack Cardiff. Las etapas de cambio tecnológico, cuando aún no se ha establecido un modo estándar de utilizar el nuevo recurso, son un terreno propicio para el ensayo, y de éste, en muchas ocasiones, surgen carreteras vírgenes, ideas estimulantes que nunca nadie desarrolló. En Narciso negro el color y la fotografía subliman el conflicto central entre las fuerzas del bien y el mal, en esas alturas increíblemente rodadas en estudio, el colorido que lo baña todo simboliza una y otra vez la pugna entre la pureza y la locura. Un buen ejemplo lo encontramos en el momento en que la hermana Ruth espía la conversación entre la protagonista y Mr. Dean, la iluminación rojiza y un poco de viento otorgan un aire siniestro a la imagen de Ruth, la columna que aparece a su lado utiliza los relieves para emular las llamas, y éstas se fundirán con el fuego que aparece en el plano consecutivo. Narciso negro es digna como ninguna otra de un estudio fotograma a fotograma, para estudiar su compleja iluminación, su uso simbólico del color y el movimiento de los personajes por el cuadro; es, por encima de todo, una historia contada a través de los medios de expresión propios e inseparables del cine.

Esa intención de los creadores prevalece sobre cualquier descuido en el guion y sobre el tratamiento de ciertos personajes; me parece casi delictivo rebajar tamaña muestra de cine por aspectos que en definitiva son accesorios. Pressburger, Powell y Cardiff caminan con Narciso negro por coordenadas cercanas a las del Douglas Sirk tardío, cada obra tiene sus obsesiones y sus objetivos, pero ambas filmografías trabajan con instrumentos parecidos, acariciando el éxtasis.



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