Si a Marlowe le vale, a mí también

thelonggoodbye
Elliott Gould lo tenía difícil, encarnaba un personaje muchas veces representado en la pantalla grande por actores como el archiconocido Humphrey Bogart, el no menos clásico Robert Mitchum, James Caan o Robert Montgomery en la anecdótica La dama del lago. Por suerte, el actor se adapta bien al enfoque actualizado que le propone el siempre inquieto Robert Altman en El largo adiós y entre los dos dibujan un Philip Marlowe distinto a los anteriores.

Este Marlowe tiende al patetismo, es endeble, gracioso, dinámico y, norma de la casa, tiene sus frases ingeniosas siempre listas; es un antihéroe. Crean un personaje divertido y con una fisonomía muy peculiar, un tipo cualquiera despojado de su aura mítica. Gould engancha, pero el que está inmenso es Sterling Hayden en uno de esos personajes que sólo puede hacer un actor mítico; es un gigantón literato que oscila entre la brutalidad desmedida y una actitud infantil acongojante, un personaje desequilibrado dibujado con mano maestra. Hayden clava un papel de contrastes muy marcados, cuando empieza a recordarnos mucho al Quinlan del Orson Welles de Sed de mal, su personaje se desinfla como un globo y muestra su reverso débil. Sólo por este papel secundario, merece la pena ver El largo adiós. Por otra parte, y a modo de anécdota, merece la pena recordar la aparición muy secundaria de Arnold Schwarzenegger enseñando palmito.

Dentro del género detectivesco afincado en la gran pantalla hay una serie de películas que casi podrían conformar un subgénero, aquellas en las que el argumento está muy difuminado, en las que lo que hace mover hacia delante la película es intranscendente y, sobre todo, ininteligible. Películas como El sueño eterno de Hawks o La noche se mueve de Penn formarían filas con este largo adiós. En esta película, el argumento se desdibuja y, durante largos minutos, queda en un segundo plano; Altman pasa a atender otros aspectos como el personaje de Hayden o el lado cómico de la película. Es una película dispersa, aunque no en la acepción peyorativa, los distintos caminos que transita están bien engarzados y el interés no decae un solo momento, las situaciones se suceden como por casualidad, reforzando la imagen de desastre de este Philip Marlowe. Hay que admitir, por otra parte, que lo relatado no pasa de entretenido, que El largo adiós carece de cualquier tipo de profundidad discursiva, lo más radical se encuentra en el traje que le confecciona Altman a su criatura.

La dirección es realmente peculiar; aunque los resultados no difieran en exceso del canon habitual hollywoodiense, Altman pertenece a la generación que reescribió tanto las claves temáticas de los géneros como algunas de las reglas de la dirección y eso se transluce. En El largo adiós se lleva al límite un modelo de cine que comenzara con M.A.S.H, al uso del zoom característico del director se le suma una movilidad de la cámara muy acentuada; creo que no hay en toda la película un plano realmente fijo, sin exagerar, todos están en un sutil movimiento como de steadycam. Normalmente cuando se elige un modelo de dirección tan móvil, hay planos mucho más largos y elaborados, pero en El largo adiós, la sucesión de los planos es la habitual. El trabajo detrás de este rodaje debió de ser inmenso pues el movimiento de la cámara es constante, amén de muy elegante, en modo alguno tosco. Hay que plantearse la utilidad de tanto movimiento, aunque así a primeras poner todos los planos a moverse es tan válido como no poner ninguno, pues lo que se usaría como recurso expresivo en otra película, en El largo adiós se convierte en la base y pierde cualquier significación que pudiera tener.

El largo adiós puede crear rechazo ya de entrada, habrá quién no acepte la actualización del personaje a los tiempos que corrían cuando se hizo la película, pero si el espectador es capaz de aceptar las novedades, se encontrará una película muy divertida y bien hecha, que no es poco, con una música de John Williams que se sale del tópico y está trenzada de forma inteligente, especialmente en la primera secuencia. Con El largo adiós no se buscaba trascender, pero si a Altman le valía, it’s okay with me.



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