La vida imitada

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En su documental sobre la historia del cine norteamericano, Martin Scorsese realiza una disección sobre los principales directores de la historia de Hollywood clasificándolos de acuerdo a su tipo de relación con la industria. Douglas Sirk cae en el bando de los contrabandistas junto a Samuel Fuller o Vicente Minnelli. Los contrabandistas son los que hacen cine convencional solo en apariencia; los que, tras la fachada de cine acomodaticio, esconden mensajes socialmente subversivos. Imitación a la vida, la última película de Sirk en Estados Unidos, se suma a su modo a la incómoda corriente reivindicativa iniciada por Rosa Parks en 1955.

Eleanor Griffith y Allan Scott, guionistas de Imitación a la vida, revisan las relaciones raciales de la novela homónima de Fannie Hurst en la que se basan. Lora Meredith, viuda con una hija, acoge en su casa a Annie, una mujer de color que tiene una hija, Sarah Jane, casi blanca. Annie se convertirá en la criada de la casa de Lora cuando ésta triunfe como actriz en el mundo del teatro. Pasan los años y la relación de amistad y servidumbre se mantiene, pero Sarah Jane, la hija, es incapaz de soportar las dificultades que están reservadas a las personas negras en la sociedad norteamericana, se revela contra su madre y se marcha de casa. Imitación a la vida es, por un lado, una suave crítica al modo de vivir de de los estadounidenses y, por otro, una evidente crítica a la conflictiva racial hecha por personas blancas.

Tiene mérito comprometerse socialmente en una época tan turbulenta, hay que apuntarle un tanto a Sirk y la pareja de guionistas, aunque, vista con distancia, la perspectiva que adoptan no deje de ser blanca. Problemas de negros vistos por blancos, no podía hacerse de otra manera desde dentro de los márgenes que le dejaba el productor Ross Hunter a Sirk, pero Imitación a la vida no es tan radical como pudiera parecer al primer vistazo. Sarah Jane, la hija que no quería ser negra, huye de sus raíces, mientras que Annie, su madre, tiene cientos de amigos que asisten a su funeral. ¿El modus operandi de Annie es mejor que el de Sarah Jane? Estamos de acuerdo en que uno no debe arrepentirse de sus orígenes, pero ¿estamos obligados a aceptar el papel que la sociedad nos depara como hacen Annie y los demás negros que aparecen en la película? Annie jamás transgrede la línea que separa a negros y blancos como hiciera Rosa Parks, desempeña su papel con una sonrisa; Sarah Jane quiere ser blanca y además puede fingirlo, pero es castigada por ello con la muerte de su madre.

Eso en referencia a las aspiraciones reivindicativas del guión, porque del aspecto técnico poco bueno se puede decir. Los diálogos carecen por completo de sutileza, desgranan una y otra vez los sentimientos de los protagonistas. Los personajes son monocromáticos, son lo que dicen ser con su forma de comportarse y sus diálogos, no hay profundidad más allá de lo que se manifiesta a primera vista. El melodrama llevado al límite de sus posibilidades, las claves más manidas del género; en el papel, Imitación a la vida es un folletín digno del olvido. Pero el desmérito del guión, lo compensa el mérito de la dirección. Douglas Sirk desarrolla con discreción un trabajo inteligente en extremo, si rescatamos cada escena por separado y miramos los mimbres con que está construida apreciaremos la detallada planificación que respalda cada gesto de la dirección. Como el guión está tan trufado de lugares comunes del género, uno puede desviar la atención hacia el componente visual y de la dirección con tranquilidad. Los diálogos de los protagonistas son de una claridad casi insultante, pero sus movimientos están, por contra, muy afinados. Las relaciones de los personajes se podrían entender con el volumen bajado y sin subtítulos, sólo observando sus movimientos.

No se puede decir que la dirección sea innovadora, el mérito de Sirk es justo el contrario, el de sacar el máximo partido a las posibilidades existentes. El uso de la elipsis es constante, pero es exclusivamente funcional, pues la historia transcurre en unos diez años, Sirk va únicamente a los momentos relevantes en el plano dramático. La música de Frank Skinner secunda la mayoría de las escenas, cumple una función subrayadora con respecto a lo que vemos, pero es muy elegante. Llama la atención cómo se identifica el jazz con la mala vida, con lo sensualmente vulgar, cuando hoy es una asignatura sólo para iniciados. Por su parte, el director hace un uso muy personal de la cámara: maneja una amplia posibilidad de movimientos y la mayoría de las veces están justificados por lo que sucede en la imagen; no son, lógicamente, desplazamientos que denoten la presencia de la cámara, ésta debe ser invisible. Por esto mismo, cuando un movimiento de la cámara es demasiado forzado, Douglas Sirk no duda en cambiar de plano, aunque sacrifique parte de la belleza formal. Tras una hora y media de metraje, el posicionamiento de la cámara en el espacio sigue sorprendiendo por su frescura y originalidad, además de su colorido.

Imitación a la vida sería una buena película para proyectarla a unos alumnos de Introducción al cine, serviría para delinear las funciones de cada trabajador, siempre difusas para los espectadores ocasionales. Sirk es un gran director, revalorizar un panfleto y elevarlo a la categoría de arte es casi tan difícil como poner un urinario en un museo y titularlo La Fuente.



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