Quitando máscaras

El rostro
El doctor Vogler prepara una linterna mágica para el espectáculo del día siguiente, es un creador de ilusión (tanto de la primera, como de la segunda acepción). La linterna mágica no sólo es una precursora del cinematógrafo, si no también un antecedente en la biografía de Ingmar Bergman, un regalo visionario que recibió durante la infancia. En El rostro, la linterna mágica es uno de los instrumentos que conecta a Bergman y a Vogler.

El miedo a enfrentarse al exterior es uno de los motores que mueve el cine de Ingmar Bergman, lo veremos en La hora del lobo como motivo central y lo vemos en El rostro como uno de los motivos principales. Bergman, como el sudafricano John M. Coetzee, parece orientar contra sí mismo un ejercicio de sinceridad brutal, eso los muestra débiles ante la imperturbable fachada de los demás. En Juventud, de su triple autobiografía, el escritor sudafricano recuerda una vieja crítica del Observer contra el autor sueco, que huele a pretenciosidad. Coetzee defiende a Bergman de tales acusaciones; no es de extrañar, pues consigue con su literatura resultados análogos a los del sueco en su obra: traer a la luz sus vastas profundidades interiores. Bergman, con sus películas, traslada a la superficie sus temores, y uno de ellos, el que plasma en El rostro, es el miedo al juicio sobre el artista, la exposición a la opinión.

Un grupo de artistas ambulantes, encabezados por el doctor Vogler, viajan por las ciudades ofreciendo espectáculos de magia. Llegan a un pueblo en el que son retenidos por las autoridades para ser víctima del escarnio de una comisión formada por un comisario de policía, un cónsul y el doctor Vergérus, cuya única obsesión es desenmascarar el truco de la compañía para fortalecer su confianza en la ciencia. Del enfrentamiento entre Vergérus y Vogler emanará el conflicto central de la película, el escepticismo del primero será un muro para las aspiraciones del segundo. Para Bergman, el cine es una ilusión verosímil surgida de la interioridad del autor que no debe ser sometida a un juicio de realidad; si no se mira haciendo un previo pacto de fe o conservando una inocencia inusual, es imposible introducirse en él. El sueco materializa sus temores en las carnes de Vogler, su público lo somete a humillaciones imperdonables al tiempo que evita entrar en su juego. Los criados de la casa, por su parte, actúan de modo contrario a sus señores, a la mínima insinuación caen rendidos ante la magia de la compañía.

La fácil identificación entre Vogler y Bergman no significa que el sueco se confeccione un alter ego complaciente para El rostro, el mago es vengativo e inseguro, está atormentado por el modo en que afecta el engaño a algunas personas; además, al final él mismo se humilla ante los señores de la casa, implorando unas monedas por el espectáculo, ya sin maquillaje. La barba y el pelo postizos son como una máscara que lo protegen, y sólo tras descubrir su rostro aparece la persona que siente tras el personaje, la que es capaz de arrastrarse a cambio de dinero, la que da un espectáculo en el que ya no cree. Vogler se tomará una pequeña revancha con Vergérus en el desván, cuando casi consigue volverlo loco en una escena que recuerda intensamente al terror de Poe; pero después todo volverá a su curso natural y el mago será una vez más humillado por sus espectadores. Cuando uno cree que la película va a terminar, Bergman introduce una escena con una música muy alegre para mostrar que a los protagonistas los quieren ver en el palacio del rey. Se alegran y parten rápidamente hacia la siguiente farsa, porque ya no pueden escapar de ese modo de vida. Da la sensación de que esta escena es una imposición del productor, parece superpuesta a un final redondo, su aire festivo es poco consecuente con los 90 minutos anteriores.

Gunnar Fischer es el director de fotografía habitual de las primeras películas de Ingmar Bergman, en El rostro ofrece un buen juego de luces y sombras, dotando la película de un aspecto tenebroso acorde al argumento de la película. A rasgos generales es una buena fotografía, pero hay algunos momentos en los que se cierra el plano dentro de un mismo espacio y se nota un salto antinatural en la iluminación; cambia la luz sobre el rostro del personaje. Por otro lado, resalta cierto tratamiento teatralizante tanto en el trabajo de los actores como en algunos gestos de la dirección de Bergman. A veces la cámara actúa de manera demasiado evidente, se mueve de forma antinatural precediendo algún diálogo o gesto significativo, como llamando la atención sobre éste. Lo teatral de El rostro parece alinear en el mismo punto de mira, una vez más, a Bergman y a Vogler exponiendo el director la obra como el mago da su número.

El rostro es un grito de Ingmar Bergman contra sus detractores, pero es también un grito contra sí mismo, contra su miedo a exponerse tan débil. Los tintes surrealistas que el sueco introduce aquí y allá en esta película se verán maximizados en La hora del lobo ocho años después. En ella Bergman expresa con mayor intensidad y lucidez los miedos que le constriñen, pero El rostro es una película más plural, que trata una mayor variedad de temas. Por ahora habrá que seguir en la búsqueda de una obra decepcionante del sueco.



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