La aristocracia decadente

gatopardo
Al tiempo que la herencia neorrealista se diluía por el resurgir económico de Italia, los autores que habían dado vida al movimiento fueron desarrollando historias más personales. Luchino Visconti fue, quizás, el director que más se alejó de las propuestas estéticas del Neorrealismo, con Senso empezó a hacer un cine de espacios suntuosos y contextos históricos. No parece una casualidad que el director se interesara por el único texto de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, ambos pertenecían a la misma nobleza caduca.

El gatopardo de Visconti cuenta con detalle el periodo histórico en el que la aristocracia empieza a perder su poder en Sicilia gracias a la llegada de la revolución de Garibaldi, y los avatares de Fabrizio Salina y su familia para adaptarse silenciosamente a los cambios que se producen, aceptando perder su poder a cambio de mantener sus riquezas. La película es un complejo esquema de las distintas relaciones de poder de su tiempo explicado con claridad pero sin afán didáctico. La religión es uno de los pilares centrales de la Casa de Salina y la representa un cura que, al contrario que el príncipe, es incapaz de abordar la revolución desde un punto de vista que no implique el rechazo absoluto. Es coercitivo con la familia, pero también mantiene una relación de complicidad con ésta. Hay una escena bastante significativa en la que Don Fabrizio va a votar acompañado del cura, este voto determinará las relaciones entre los nuevos poderes dominantes y la Casa de Salina, el príncipe vota a favor del cambio, no tiene otra posibilidad; y cuando empujan al cura a votar, el Príncipe le evita el problema sabiendo que se encuentra entre la espada y la pared. La sutileza del guión, de la puesta en escena y las miradas de los actores en esta escena es sólo un buen ejemplo del modo que hilan tanto los guionistas su texto como Visconti la puesta en escena. Con un gesto aparentemente insignificante descubrimos la conchabanza entre dos estratos sociales, pero también intuimos en el gesto del cura la incapacidad de adaptarse a los cambios. El gatopardo no se puede considerar en líneas generales una película crítica con la aristocracia, pero no podemos dejar de recordar que Luchino Visconti adquirió conciencia crítica al lado de Jean Renoir y que no era, para nada, un personaje acomodado a su clase, y el retrato de la Iglesia lo demuestra.

Calogero es el nuevo burgués con el que Don Fabrizio está condenado a entenderse. Visconti castiga su oportunismo desde la voz de Ciccio, un humilde cortesano de la familia Salina. Es cierto que el director no toma partido explícito en favor de unos u otros personajes, pero que el representante de lo popular en la película rompa una lanza en favor del antiguo orden resulta desconcertante. Calogero es un personaje de poca elegancia pero mucha inteligencia práctica, del que la familia se ríe al principio, pero ante el que tienen que terminar cediendo. El matrimonio de su hija, Angelica, con el sobrino de Fabrizio Salina marca el camino que deberá seguir la aristocracia, diluir su sangre poco a poco hasta que sólo quede el título. Angelica y Tancredi protagonizan el hilo argumental romántico que hizo popular la película por encima de su valía cinematográfica. Eso no quiere decir que El gatopardo decaiga cuando el relato se centra en ellos, la escena en la que pasean por las estancias deshabitadas de la mansión Salina es sencillamente fantástica. En ella Visconti parece afinar aún más la estética de la película vistiendo a Claudia Cardinale de un rojo muy pictórico en contraste con las habitaciones ruinosas.

Y en el centro de todas las ramificaciones argumentales de El gatopardo está Fabrizio Salina, un personaje que lleva al paroxismo la idea de que es preciso que todo cambie, para que, finalmente, todo permanezca igual. Siguiendo esta premisa acepta y favorece los cambios que se van produciendo, aunque eso signifique aceptar medidas contra su propio beneficio, pero sólo al final descubrimos que el esfuerzo que está realizando le resulta sobrehumano. Uno no puede más que alarmarse si piensa un poco en la idea que guía a Fabrizio, recuerda en su significado a cierta corriente historiográfica que ponía en duda la validez de las revoluciones como acontecimientos que marcaran un punto de inflexión en el modo de vivir de los pueblos. Si ni siquiera una revolución es capaz de cambiar el rumbo de un pueblo, yo me bajo en ésta, pero Visconti sabe cuál es el destino de su personaje, y el último monólogo de Burt Lancaster suena a rendición. El actor norteamericano construye un personaje vivo, de sabiduría pragmática, próximo y amable con todos, capaz de adaptarse a cualquier circunstancia, y, además, está bien acompañado por una atractiva Claudia Cardinale que encadenaba Fellini, ocho y medio con ésta El gatopardo, y por un elegante Alain Delon que parecía querer reivindicar sus dotes artísticas tapándose la cara primero con un pañuelo y después con un bigote.

A pesar de que lo suntuoso no sea mi devoción, uno tiene que descubrirse ante la planificación estética de El gatopardo por Giuseppe Rotunno y Luchino Visconti; sólo con pensar la dificultad de rodar cada uno de los planos del baile final me tiemblan las piernas. Con todo, lo verdaderamente sobresaliente es el uso del color, con influencias pictóricas clásicas y de una belleza inconmesurable; desplazar la mirada por la pantalla de cine, al tiempo que Visconti realiza sofisticados movimientos de cámara, debe ser una gran experiencia. El gatopardo no es el cine austero y sobrio que me enamora, ni Visconti consigue que ame ese mundo como lo conseguía Max Ophüls, pero la profundidad de su discurso, la reconstrucción histórica fiel y su estética son ingredientes que pocas veces se ven juntos: El gatopardo es una de las mejores películas históricas que he visto.



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