Paseando por la Zona

Stalker
El Stalker es el guía que lleva a los interesados a la Zona, lugar prohibido en el que ocurren cosas completamente físicamente impredecibles y en el que hay una habitación que cumple los deseos más íntimos de sus invitados. Pero no cualquiera puede sobrevivir en la Zona, ésta sólo permite el paso a los desventurados, y en esta ocasión son un científico y un escritor. No es producto de la casualidad la profesión de estos visitantes, en el monólogo del Stalker sobre la música nos damos cuenta: representan las dos vías principales de conocimiento del ser. Están perdidos y buscan encontrar en la Zona algo que les descubra cierto sentido, pero por el camino comprenden que eso no es posible, sus propias naturalezas les impiden alcanzar el objetivo. En otro monólogo hacia el principio de la película, el Stalker enfrenta lo adquirido a lo natural en el ser humano, el consciente frente al subconsciente. La habitación concede los deseos más recónditos e íntimos del que entra en ella, lo que está incluso debajo de nuestros pensamientos inconfesables, pero ni el escritor ni el científico son capaces de asumir el riesgo de ver cumplidos estos bajos deseos. En Stalker, el hombre se enfrenta a su propia naturaleza animal y es incapaz de asumirla.

Las personas desamparadas son las únicas a las que la Zona les permite llegar a la habitación, pero ni siquiera éstas conservan forma alguna de esperanza, y sin ésta, la promesa de la habitación pierde todo su sentido. Por su parte, el Stalker conserva la Zona como un último reducto de esperanza, pero también la pierde al final cuando se da cuenta de que en un mundo sin objetivos, un sitio que cure las heridas y devuelva el sentido es innecesario. Prescinde de la vaga esperanza que le proporciona la idea de hacer feliz a la gente que lleva allí, el escritor y el profesor le arrancan la fe. La dureza y la fuerza le ganan la partida a la ternura y la sensibilidad, al menos aparentemente, porque el final arroja un rayo esperanzador sobre la hija del Stalker, afectada desde el nacimiento por la Zona, mientras suena el Himno de la Alegría de Beethoven. La película es de 1979, siete años antes del desastre de Chernobyl, por eso resulta tan siniestro que Tarkovsky apunte discretamente hacia el desastre nuclear como motivo de la creación de la Zona. En un plano general al final, el stalker lleva a su hija en brazos mientras de fondo vemos como una central nuclear lleva a cabo su pesado funcionamiento.

Stalker es una película pesimista hasta el tuétano, una distopía en la que el ser humano es víctima y verdugo de sí mismo, una película que sólo podía nacer de la conciencia de un ciudadano del siglo XX. Andrei Tarkovsky imprime sus marcas más o menos habituales, y, como siempre, dota a un argumento corriente de una pluralidad de significados abrumadora; llena Stalker de referencias musicales, literarias, religiosas que, por lo general, amplían el significado de lo estrictamente cinematográfico. Otra de las constantes que ensancha la figura de Tarkovsky es su notable capacidad para crear una imagen hipnótica con muy pocos elementos: el uso del color, la fotografía y el movimiento de la cámara. Esta característica de su cine es casi indispensable para mantener atento al espectador si tenemos en cuenta que sus películas se desarrollan a un ritmo especialmente lento, respetando la temporalidad real de los acontecimientos. El director desnaturaliza la vida cotidiana de los personajes para poner de relieve después el colorido de la Zona, sus plantas y sus espacios ruinosos; como sin quererlo, con su opción estética hace una especie de reivindicación de tintes ecologistas. El comportamiento de la cámara no está tan radicalizado como en Sacrificio, pero las bases estéticas son las mismas: la escena se suele presentar con pocos cortes y rodada en forma de travelling si es que los personajes están en movimiento; si por el contrario están estáticos, suele recurrir al zoom para cerrar casi imperceptiblemente el plano sobre ellos.

Andrei Tarkovsky es un director fuera de las corrientes de su tiempo, su Stalker es un grito de dolor que el espectador avezado sólo puede capear afirmándose a sí mismo que es sólo ciencia ficción, negándose a admitir que el nihilismo del soviético le ha convencido al menos un poco. Los demás espectadores puede que quiten la película a la mitad, aburridos, sin comprender que el cine también puede exigir sacrificios para explicarnos la realidad.



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