Tormentosa película

bello sergio
La Nouvelle Vague duró poco, desde el 59 hasta el 64 una gran cantidad de nuevos cineastas se vio favorecida por las medidas del gobierno de De Gaulle, que prefería financiar todas esas producciones baratas y culturalmente significativas. El grueso de la producción de los autores que participaron del movimiento se recordará siempre bajo la estela del movimiento, a pesar de que la evolución posterior de éstos ha sido dispar. Claude Chabrol es uno de esos directores, uno de los pocos que me quedaba por acometer. El bello Sergio, su primera película, está generalmente considerada como uno de los antecedentes del movimiento cinematográfico.

François vuelve al pueblo natal para curarse de su enfermedad, y descubre que las cosas han cambiado, los jóvenes del pueblo están sumidos en un estado de barbarie regido por el alcohol, la libertad sexual y la violencia. Nuestro protagonista encontrará a su amigo Serge sumido en una espiral autodestructiva que alcanza a sus personas más cercanas. François intentará predicar dando ejemplo y ayudando en lo que pueda a personas que no quieren su ayuda. No hace falta que avance mucho el metraje para que uno vaya notando un olorcillo a panfleto pedagógico bastante incómodo, potenciado a su vez por la dirección de un Claude Chabrol que recurre a un planteamiento infantil y simplista para tratar temas realmente serios. El desarrollo psicológico de los personajes está redactado con brocha gorda en el guión, y las acciones y motivos que los impulsan son dignas de un reportaje de Telecinco sobre la juventud de hoy en día. No cabe la menor duda de que el drama está excesivamente intensificado en el guión, parece como si los autores creyeran que el contenido mismo no es suficiente para hacer una película interesante.

Pero las acciones no sólo están subrayadas en el guión, todos los elementos conformantes de la película resultan reiterativos, insistentes e innecesarios. La música intenta desesperadamente intervenir en los sentimientos que despiertan las imágenes una vez tras otra, aparece demasiado y mal. El montaje también es de lo más básico y torpe, no hay espacios muertos para que el espectador (y el protagonista) descanse, está excesivamente dialogada; mejor le vendría el formato teatral, porque los movimientos de los personajes dentro del encuadre parecen forzados sólo para dar algo de la dinamicidad de la que carece el guión. Hay momentos en los que incluso se echa en falta el uso de la lógica más básica, situaciones en las que los personajes adquieren posturas y movimientos incómodos y antinaturales sólo para dar mejor a cámara, y otros momentos directamente delirantes, como cuando François, tras arrastrar a un Serge dormido a través de toda la nieve del camino que lleva a su casa, recurre a coger una bola de nieve y ponérsela en la cara para despertarlo. La idea de la vuelta al hogar de François puede parecer buena en un principio, pero el discurso que Chabrol desarrolla a partir de ahí es de lo más paternal y conservador, al menos visto hoy en día.

Resulta sorprendente que este drama psicológico tan infantil sea considerado por muchos como un antecedente de la nueva ola. Claude Chabrol parece uno de esos directores que estuvo en el lugar y momento correctos, al lado de gente realmente innovadora. Porque, aparte de cierto rasgo temático cogido por los pelos, ¿qué tiene El bello Sergio de innovador en el terreno formal? Prácticamente nada. Es cierto que las filas de la Nouvelle Vague están pobladas de autores de lo más diverso, y que no están ahí por criterios estrictamente cinematográficos sino más bien circunstanciales, pero no por eso deja de molestar que cineastas tan torpes reciban más gloria que otros que practicaron un cine mucho más arriesgado a las afueras del movimiento. Louis Malle, sin ir más lejos, resulta mucho más innovador y equilibrado en su ópera prima Ascensor para el cadalso (introduciendo el jazz en el cine, transcribiendo las constantes del cine negro de forma personal, etc.) que Chabrol en su bello Sergio, y nunca ha recibido tanta atención como éste. También es verdad que Malle podía contar con unos medios y actores con los que Chabrol no. Si uno tenía a la gran Jeanne Moreau, el otro se tenía que conformar con Gérard Blain, un actor que da bien el físico de un rebelde a lo James Dean pero que actuando no es gran cosa. De hecho, no sabría describir la sensación que me produjo el plano final con su cara, no sabía si estaba sonriendo de felicidad, pasando miedo o que, por fin, había caído del lado de la locura.



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