La notte

La notte
Un cuerpo humano puede tardar de cuatro a seis días en descomponerse tras morir, según Michelangelo Antonioni, una relación puede tardar mucho menos. La noche recoge la vida del matrimonio Pontano durante 24 horas, desde la mañana de un día, hasta la del día siguiente. En 1962, el director italiano daría el salto definitivo hacia un modelo moderno de cinematografía resumido en los últimos diez minutos de El eclipse. La noche toma la carrerilla, insinúa los caminos que seguirá el director, supone la preparación para un modo de hacer cine irrevocable.

La anodina rutina del matrimonio Pontano se ve trastocada por la grave enfermedad de un amigo común de la pareja, Tommaso, que está en el hospital a punto de morir. La desagradable circunstancia hará que Lidia se replantee los caminos escogidos durante su vida y encare el presente haciendo un esfuerzo por desterrar de eufemismos el diario de la pareja. Durante un largo y solitario paseo por Milán, descubre la ciudad conocida y se redescubre a sí misma. Esta larga secuencia es el antecedente directo del final de El eclipse, los espacios arquitectónicos se asemejan a estados emocionales, el vaciamiento del espacio argumental se rellena con un simbolismo que explica los sentimientos de Lidia a través de la arquitectura de la ciudad. Lidia se va de la fiesta en una casa dominada por la modernidad para pasear por los espacios ruinosos de Milán. La confrontación de los espacios modernos y asépticos con los espacios antiguos y clásicos es algo que tenemos desarrollado con plenitud en su siguiente película. En su paseo, Lidia entra en viejos patios, anda por calles llenas de desniveles, muros, rejas, rugosidad; es capaz de observar con ojo analítico a las gentes, pero también puede emocionarse como una niña con unos fuegos artificiales y asustarse ante la violencia. Giovanni la espera dormido en un diván de su casa. Contrasta irónicamente la viva curiosidad de Lidia con la autosuficiencia intelectual de Giovanni, la que mira hacia el exterior para entenderse, y el que mira hacia dentro perdiéndose aún más dentro de sí.

La secuencia en las calles de Milán culmina, tras la llamada de Lidia, con el encuentro de la pareja en un sitio al que solían ir al principio de la relación, un viejo espacio ruinoso, una pequeña brisa para la lumbre moribunda. Una vez en casa, la pareja decide algo inusual, salir por la noche a dar un paseo. Van a un night club donde una mujer da un espectáculo de baile, esta escena parece un oasis dentro de la película, parece separar dos grandes bloques en la película; la pareja observa a la bailarina, él absorto, ella pensativa. Se abre aún más la brecha. Con La noche observo algo particular que no he visto en ninguna de las pocas películas que he visto de Antonioni: a partir del uso de muy pocos elementos el director es capaz de crear una imagen hipnótica, el plano adquiere tanta fuerza por sí mismo que parece desligarse de sus inmediatos. Ocurre en el baile exótico, como ocurre en el momento en que Giovanni entra en la habitación de la trastornada al principio, como ocurre en el plano en que Lidia observa por la ventana del hospital un helicóptero volar. En el cine de Michelangelo Antonioni lo visual alcanza esa fuerza por la futilidad de sus diálogos, cada objeto impreso en el celuloide adquiere su propio significado, ambiguo pero indiscutible como símbolo.

El segundo gran bloque de La noche transcurre en la fiesta a la que la pareja asiste, seguramente sea la parte más importante de la película, su duración lo atestigua: esta secuencia ocupa más de una hora de la película y el matrimonio alcanza el grado de descomposición total al final, en una de las escenas más amargas que he visto. Lidia camina por las estancias de la mansión, observa la podredumbre moral que disfruta la burguesía allí afincada de forma perenne. Giovanni es bien conocido y admirado por los presentes, pero es una admiración superflua por el intelectual, algo bien característico de la burguesía. Si bien es cierto que Antonioni no retrata a la burguesía con un pincel excesivamente incendiario, es ineludible que en una hipotética Enciclopedia crítica de la Burguesía, el italiano estaría bien cerquita de Luis Buñuel. En una de estas, Giovanni se encuentra con el dueño de la mansión y éste le ofrece un trabajo a sus órdenes en la empresa. El intelectual independiente recibe una oferta del pragmático empresario, y se lo piensa. Es curioso cómo durante la conversación Giovanni muestra sus inseguridades y dudas alrededor de algún tema mientras que el empresario tiene unas posturas claras y definidas alrededor de él, otro detalle de la profundidad del discurso de Antonioni. En otro paseo, Giovanni encuentra a Valentina, flirtea con ella ante la impasiva mirada de una Lidia oculta. Estas escenas están resueltas con un uso peculiar de los reflejos en cristales, doblan la imagen de Giovanni y Valentina, los introduce en un juego de máscaras.

Valentina parece compartir con la pareja protagonista espacios paralelos a los de la burguesía de la fiesta, parece comprender que habita un decorado de cartón-piedra, y se entiende tan bien con Giovanni como, más tarde, con Lidia. Al final de la noche, el matrimonio se reúne en un paseo por los jardines. Lidia y Giovanni se sientan, ella saca una carta profundamente romántica que va dirigida a ella, él le pregunta quién la ha escrito. Ella contesta que la escribió él. Es un final perfecto, profundamente desolador, más amargo y doloroso cuando Giovanni intenta desesperadamente recuperar lo que ambos dejaron escapar y ella, tan serena, le descubre que no hay vuelta atrás.

No puedo terminar la crítica sin hablar del papel capital de los actores. Aquí el actor es una pieza más de la composición del encuadre, y Antonioni la diseña teniéndolos en cuenta. Así, podemos ver forzados picados o contrapicados en los que se inserta la figura humana desde extraños ángulos. En las películas del italiano es doblemente difícil el rol de actor: por un lado tiene que ofrecer la frialdad aparente de sus personajes, y por otro dejar entrever un mundo interior convulso. Jeanne Moreau es la que mejor clava el papel de los tres actores principales, no es la actriz más guapa, pero comprende su personaje como si fuera ella misma: el hastío y la curiosidad, el desengaño y la confusión se percibe tras cada gesto. Marcello Mastroianni también es experto, él siempre está genial en este tipo de papeles desorientados (La Dolce Vita, Otto e Mezzo…). Monica Vitti, por su parte, parece tirar un fino hilo conductor a través de la trilogía de la incomunicación del director, en La aventura y en ésta hace papeles secundarios, en El eclipse tendrá el papel protagonista y, por tanto, brilla más, aunque por su papel secundario en La noche ya se llevara el Nastro D’Argento. Por otra parte, es difícil concebir como posible La noche sin tener en cuenta la figura del Rossellini post neorrealista de Te querré siempre. Es cierto que La noche da un saltito más hacia la modernidad cinematográfica, pero ambas películas hablan en términos muy parecidos, aunque la de Rossellini arroje un final opuesto al de ésta.

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