Sacrificio

Offret
No conozco bien la obra de Andrei Tarkovsky y su propuesta estética es tan personal y compleja que el análisis de su última obra se me hace muy difícil. Sacrificio es la historia del ser humano abocado al fin, una obra con una carga simbólica muy compleja que se sustenta sobre unos presupuestos estéticos completamente independientes a los del cine de cualquier otro movimiento o realizador.

La independencia estilística de Tarkovsky no impide que Sacrificio sea lo más parecido a un homenaje al cine de Ingmar Bergman; de hecho fue rodada en Suecia con su director de fotografía, Sven Nykvist. Como siempre que está el sueco en la fotografía, el aspecto visual es más que sobresaliente. El cine de Tarkovsky desarrolla su propuesta estética respetando dogmáticamente el devenir natural del tiempo; de hecho, el director soviético se ha desmarcado en numerosas ocasiones del calificativo de cine poético argumentando que él trabaja sobre el tiempo, no lo torsiona en favor de sus intereses como hace ese tipo de cine. En Sacrificio se evidencia muy bien su postura estética: la película es un engranaje de largos planos secuencia que se resuelven con lentos travellings y numerosas panorámicas. Pudiera parecer que la última película de Tarkovsky está construida sobre constantes más propias del teatro que del cine, pero el parecido es producto de la casualidad de que ambos modelos de representación (el del teatro y el de Tarkovsky) respetan la realidad del tiempo y no la manipulan. Tarkovsky, según su concepción del cine, crea unos planos en los que el tiempo real es la base inquebrantable que rige todo lo demás.

A pesar de la dificultad que entraña preparar una fotografía que funcione para travellings tan largos, Sacrificio es uno de los mejores trabajos que he visto de Sven Nykvist. Hace uso de tonos apagados, texturas muy marcadas y claroscuros. Buena parte de la película se desarrolla en exteriores, lo que le da aún más valor a su trabajo. La dirección de fotografía es uno de los motivos por los que Sacrificio es tan hipnótica. Sven Nykvist consigue una fotografía que es testimonio de la fina línea que separa lo consciente de lo inconsciente, una fotografía que no sólo es de una belleza extasiante, si no que además es la viva visualización del discurso de Sacrificio. En esta película fondo y forma son indisolubles porque la simbiosis entre el discurso de Andrei Tarkovsky y la fotografía de Nykvist es perfecta.

Lo magnético de las imágenes de Sacrificio permite al director desatar el argumento a tiempo real. El espectador queda pegado a la pantalla como una mosca y el director adquiere libertad total de movimientos, y para cuando uno se quiere dar cuenta, lleva una hora y media y todavía no es capaz de entender el sentido general de la película. Sólo al final se nos presentan las tres realidades paralelas que conviven, las tres vías posibles de interpretación. Por un lado la que se presenta con más fuerza es la vía de la fe y la religión, es éste el tema central de la película. La escena culmen es esa en la que Alexander ruega a Dios que acabe con la III Guerra Mundial a cambio de su propio sacrificio. La interpretación de Erland Josephson alcanza la matrícula en éste momento, Tarkovsky libera de cualquier detalle superfluo la escena y le confiere protagonismo absoluto al actor con su monólogo. Sacrificio es la imagen del hombre derrumbado aferrándose a las pocas esperanzas que le quedan, por muy contradictorias que éstas sean entre sí. Por eso Alexander se agarra en su desesperación a cualquier vía que prometa una solución, y por eso no sólo recurre a Dios, si no también a la vaga promesa de que una de sus criadas es una bruja que solucionará el problema si se acuesta con ella. La locura del protagonista es el último modo de interpretar la película, y hace que todo encaje en Sacrificio. Cada espectador se terminará quedando con alguna de las explicaciones, pero lo que es cierto es que la película necesita de las tres para sobrevivir.

Sacrificio culmina con la destrucción de todo lo que hemos visto durante las dos horas anteriores, el sacrificio se consuma y todo termina en un largo plano secuencia en el que persiguen a Alexander. Final sin trampa ni cartón, de hecho tuvieron que reconstruir la casa porque falló algo la primera vez que lo rodaron. Si nos situamos a un nivel superior y vemos esta película como el punto y final a la carrera del director soviético más influyente de su momento, se puede observar el curioso cambio que se produce en el modo de entender el cine dentro de los límites de la URSS: si en 1925 Eisenstein con su obra cumbre había construido un modelo de cine sustentado principalmente en el montaje, en 1986 Tarkovsky escribía su testamento fílmico restándole toda importancia a éste elemento. Ambos modos de hacer cine son completamente opuestos entre sí, y aún así, los dos son totalmente opuestos al modelo de representación institucional inaugurado por Griffith. Lo cierto es que el cine de Tarkovsky nunca dejará de ser un islote dentro de la historia del cine por ser tan profundamente diferente desde la base de sus presupuestos estéticos.

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