Polonia a la deriva

cenydia
A priori puede parecer que Cenizas y diamantes es una película demasiado autóctona, que tienes que conocer la situación política de Polonia al cabo de la Segunda Guerra Mundial para comprenderla. Y sí, la verdad es que viene bien conocer el contexto, aunque la película contiene muchos elementos estimulantes para los foráneos: despliega un estilo muy elegante, y, al fin y al cabo, la historia no resultará tan lejana a muchos, casi todos los paises europeos sufrieron una postguerra angustiosa.

Cenizas y diamantes es un auténtico fresco de la anarquía y el descontrol que se produjeron en Polonia tras la Segunda Guerra Mundial, su estructura coral recoge a una serie de personajes que representan algunas de las facciones de esa sociedad fragmentada. Tenemos a un representante del mundo de la comunicación, un periodista borracho y camorrista; a un alto cargo comunista junto a su corte; a un trepa que quiere hacer carrera en la política a cualquier precio; a los exiliados producto de la división del país; a los grupos nacionalistas inconformes con la imposición soviética y a la gente corriente, que es la principal víctima. Son arquetipos, y uno de los mayores aciertos del film es concentrarlos en el mismo espacio. Wajda se las ingenia para reunir todas las caras de la sociedad en un hotel con sala de baile, la concentración de los espacios en uno solo iguala a los personajes, y el tiempo está limitado desde la mañana de un día, hasta el amanecer del día siguiente. Se crea un microcosmos que permite la concisión y da mayores libertades a Andrzej Wajda.

El protagonista de la película pertenece a un grupo nacionalista que pretende aniquilar al nuevo jefe de estado, pero se enamora en el camino y se plantea la utilidad de sus actos. El eje central se divide en muchas ramas, lo curioso es que algunas de esas ramas recurren a un género cinematográfico distinto. A veces Wajda tira hacia la acción rodando espectaculares escenas al principio y al final; a veces tira hacia el drama romántico, como el de la pareja protagonista, recurriendo a primeros planos muy expresivos; en otros momentos su narración se llena de tintes satíricos hacia el estado de la política, con constantes de la comedia negra, una mirada ciertamente degradante hacia los personajes. La última escena en la que algunos siguen ya de día en el salón de baile es sutilmente devastadora, recuerda mucho al final de La Dolce Vita.

De hecho, Wajda me ha recordado en algunos momentos a cierto Fellini, aunque estén en las antípodas. Ambos comparten una capacidad icónica bastante poco usual, La Dolce Vita se recuerda aún hoy por escenas como el baño de Anna Magnani en la Fontana di Trevi o el paseo de Jesucristo en helicóptero. Andrzej Wajda también es capaz de crear imágenes inmortales, que se albergan para siempre en la memoria, que se convierten en símbolos con un hálito mítico. De Cenizas y diamantes es imborrable la imagen de la iglesia devastada, con la escultura de Jesucristo colgando boca abajo; como también lo es el plano final o las gafas del protagonista. El fresco de un momento histórico delicado es, además, una apuesta arriesgada por parte de Wajda, en 1958 no era fácil lanzar una película con un mensaje político tan libre y controvertido, aunque no sea muy explícita. Y sigamos con la ristra de méritos: la dirección es realmente perfeccionista, el estilo del polaco recuerda a veces al de Orson Welles. El polaco basa su dirección en el uso de la profundidad de campo acompañado de una fotografía detallista en la que el diseño interno del plano está muy pensado. Wajda, como Welles, usa con asiduidad el contrapicado. Su estilo es muy llamativo y cuidadoso, no deja nada al azar.

Al final el protagonista se plantea si sus ataques contra el estado impuesto son realmente eficaces, si sus modos sirven para algo. ¿Sirve para algo el patriotismo y el sentimiento nacionalista? La forma de ser de la camarera cambia al nacionalista y éste empieza a ver inane lo que hace, pero la dinámica del grupo terrorista al que pertenece le empuja a cometer el crimen. El asesinato que comete queda impune, el estado está sobrepasado por la anarquía, es incapaz de reaccionar ante sus “agresores”. Pero es esa misma anarquía, esa falta de control, la que destruye también al protagonista, que se ahoga entre unas sábanas blancas recordando la noche que ha pasado con la camarera. En Cenizas y diamantes nadie gana, todos pierden.



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