Lola, demasiado moderna para su época

lolamontes Es una pena no haber conseguido el montaje de Lola Montès que se ha editado hace nada; lo que se apunta tímidamente en la versión que he visto, seguro que se desarrolla con más profundidad en la nueva edición construída en base a la intención original de Max Ophüls. Yo he visto la Lola Montès parcialmente reconstruida unos meses después de que la productora decidiera sacrificar los designios del director a causa de las malas críticas y las pobres recaudaciones.

Con películas como El placer, La ronda o Madame De… el gran Ophüls se fue aproximando progresivamente a una modernidad cinematográfica visionaria para el momento; con Lola Montès dio el salto sin red y se estrelló contra una sociedad que aún no estaba preparada para la ruptura definitiva que la película proponía. Varios cineastas, Rossellini o Tati entre ellos, se unieron en un manifiesto en favor de la película original sin recortes. De nada sirvió, Ophüls murió dos años después con el desencanto por cómo la productora había destrozado Lola Montès en la sala de montaje. Aún conociendo el descontento total que sentía el alemán hacia lo que le habían hecho a la película (“No solamente faltan al respeto hacia lo que he hecho, sino que, además, no saben leer“), la versión que ha estado disponible durante más de 50 años es una gran película. Se notan ciertos recortes durante la narración, pero lo que más me molesta es que no respetaran el orden original de los flashback que rompía con la unidad temporal progresiva. Es el hallazgo más sorprendente de la película, los productores no eran unos visionarios precisamente.

La dirección de Max Ophüls es tan delicada como siempre, las constantes de su cine se repiten también en Lola Montès. Una vez más sitúa su historia en una época extinta regida por unos valores y una sensibilidad distintos. Sus películas se localizan en un momento que parece más emocional que histórico y que tiene como bandera un romanticismo desaforado. En esta ocasión, Ophüls recurre a la historia de la vida de Lola Montès, una bailarina y cortesana, amante de muchos hombres influyentes del siglo XIX que murió indigente en Estados Unidos. La sensibilidad clásica de este Ophüls francés me recuerda a Anna Karenina en momentos como en el que los amantes se van a dar la mano, pero el carro en el que va él empieza a andar y sus manos no llegan a tocarse.

Lola Montès, es una vez más, reflejo del horror vacui que siente el alemán, lo gótico tanto en la puesta en escena como en la dirección. Hay sofisticados movimientos de cámara a través de los espacios repletos, sigue en Lola Montès esa obsesión por rodar la escena a través de cualquier clase de objeto: cortinas, cristales, barandillas, ventanas… Sitúa al espectador como observador externo de la acción. Como en La ronda, en ésta también hay pequeñas pinceladas autorreferenciales que recuerdan al espectador que está ante una película, herramienta bastante original que Ophüls no dudaba en utilizar: cuando Lola decide casarse con el teniente, un extra se levanta con una campana y empieza a proclamar el comienzo del segundo acto. También en algunos momentos se curva la cámara, perdiendo horizontalidad la imagen, para mostrar estados alterados de la protagonista. La última película de Ophüls también es la única que hizo en color; le saca un gran partido, sobre todo en las escenas del circo, donde los tonos rojos y azules están muy saturados.

En el terreno argumental, la historia confeccionada por Ophüls se toma las libertades justas (la vida de Lola tiene sus grandes dosis de drama), una de ellas es situar a Lola Montès trabajando en un circo, según Wikipedia eso nunca ocurrió, pero la idea da mucha posibilidades dramáticas, y de hecho es la base misma sobre la que se desarrolla la película. Gran idea, por cierto, situarla como base: la historia en el flashback cobra mucha más fuerza por el trato tan denigrante (como a una bestia) que recibe Lola en el circo. La escena en la que ella aparece encerrada en una jaula mientras cientos de hombres le besan la mano es un final aún peor que la muerte. Por otro lado, la música de Christian Matras baña casi todas las escenas del largo flashback, por una vez una banda sonora omnipresente no resulta cargante.

De Lola Montès me quedo con la profunda tristeza, la frustración que emanan sus imágenes, la desesperación e impotencia al ver a la protagonista, interpretada estupendamente por Martine Carol, tratada como un animal de circo. En cualquier caso, queda pendiente hacerse con el montaje del director, eso puede ser algo realmente grande.

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