Gritos y susurros

Gritos y susurros Un tema delicado cuando el susurro desgarra más tejido en el alma que el grito. Ingmar Bergman se inspira muy libremente en el relato Las tres hermanas de Anton Chejov para hacer una de las disecciones psicológicas más profundas que he visto en el cine. El director sueco se sirve del flashback, de una dirección áspera y de la voz en off, entre otras herramientas, para indagar en el alma de tres hermanas y una criada que viven sumidas en una desesperación muda; cada una alberga un motivo de angustia distinto y el techo que las cobija temporalmente, la casa de los padres, despierta las viejas heridas cicatrizadas.

Agnes se está muriendo, Maria y Karin han vuelto para hacerle más liviano el sufrimiento a su hermana. En un primer plano de dos minutos de duración vemos a Agnes despertarse y sentir el dolor que le produce el cáncer de matriz, escribe en su diario lo bien que se portan sus hermanas con ella. Una rosa blanca desencadena su recuerdo, nos vamos con un fundido a rojo a su niñez. Recuerda a su madre, cómo la espiaba mientras ella paseaba con aire ausente por el jardín de la casa. Agnes recuerda el amor que sentía por su madre y cómo ésta siempre lo gastaba con su hermana Maria, y el espectador vislumbra lo que el epílogo nos confirmará: las carencias emocionales impidieron que Agnes dejara atrás la infancia, y el vacío que su madre dejó vino a ser ocupado por Anna, la criada.

La visita del médico, un rayo de luz trémulo para Agnes, la despierta, pero su pronóstico no es favorable. A la salida de la casa, Maria y David se encuentran en la penumbra. Se besan, pero él la rechaza, y así comienza el recuerdo de Maria sobre lo que pasó entre las paredes rojas de esa casa. David, tras reconocer a la hija de Anna, se queda a cenar. En la sobremesa, él examina el rostro de Maria a la luz de una vela, elemento importante que simboliza la razón en diferentes momentos de la película. Tras el duro análisis de las facciones de la hermana menor (que Haneke tomaría como referencia para cierta escena de La cinta blanca), David apaga la vela apagando, a su vez, la razón y adentrándose junto a Maria en la pasión de la noche. Maria es una mujer insatisfecha, y busca en el médico lo que su marido no consigue aportarle. En el siguiente plano aparece el marido, que, intuyendo lo ocurrido la noche anterior, mira a su mujer e hija con evidente frustración. Se levanta de su asiento, acaricia la mejilla de ambas y se va al despacho. Maria, movida por los remordimientos, va a la habitación donde está Joakin. Se ha clavado un cuchillo en la barriga, pero es cobarde y pide la ayuda de Maria. Ella, horrorizada, se la niega. Liv Ullman está fantástica en el papel de hermana caprichosa e infantil, la guinda del pastel la pondrá en esa última escena en la que traiciona la confianza de Karin, la hermana mayor de las tres.

Agnes, tras unos momentos de dolor extremo, muere. El cura llora la pérdida y se va, la crisis de fe, otro de los temas de la película. Ésto desencadena el recuerdo de Karin. Están ella y su marido cenando, él hace gestos de desdén, la trata con la mayor frialdad posible mientras come. Ella rompe sin querer la copa de vino, él la mira con reproche y sigue comiendo. Karin sufre por el aislamiento y la incomunicación de la que es víctima y culpable; poco más tarde pega a Anna por mirarla cuando le había pedido que no lo hiciera. Coge uno de los cristales de la copa rota y éste atraviesa el camisón para cortar su piel entre las piernas. Va a la cama donde está su marido, abre las piernas y le enseña la sangre que mana de la herida con una sonrisa en la boca. El masoquismo no parece una buena forma para escapar del dolor emocional, pero a Karin le vale. Termina el recuerdo.

Tras la muerte de Agnes, Maria y Karin consiguen romper la barrera comunicacional que las separa y hablan como hermanas por primera vez en muchos años. Se confiesan sus penas y dolores en una escena brillantemente resuelta por Bergman, en la que sustituye el diálogo por la música de Bach. Anna es la criada de la casa, pero en el sueño que tiene queda patente que su papel en la casa, cuando las otras dos hermanas no estaban, era muy importante para Agnes. En el sueño, Anna, resucitada, llama una a una a las hermanas, pero éstas huyen aterrorizadas. Sólo Anna consigue calmar a Agnes en una imagen que recuerda mucho a una piedad (precisamente la imagen del cartel de la película) y que demuestra que la criada no sólo representaba un papel maternal, si no también sexual en la vida de la mujer. Es una secuencia con tintes de terror, en la que los planos cerrados por los que opta Bergman durante los 90 minutos cobran un nuevo sentido.

En la última escena, la cercanía entre las hermanas se vuelve a romper y la relación se vuelve a hacer añicos dejando en la intemperie emocional a Karin y descubriendo una vez más lo glacial del carácter de Maria. A modo de epílogo, se recuerda un momento de felicidad plena para Agnes a través de su diario. Las tres hermanas sentadas en un balancín hablando de cosas sin importancia en el jardín de la casa roja es el último rayo de luz que nos deja Gritos y susurros para el recuerdo, ejerciendo de contrapunto a las sutiles relaciones hipócritas y traicioneras que dominan la película. El análisis de la situación de Agnes, a las puertas de su muerte, resulta mucho más simple y optimista que el de sus hermanas, sólo ve la fina superficie que recubre un mar de frustraciones en los otros tres personajes de la película.

Ingmar Bergman utiliza elementos muy propios de la época en la que está rodada la película, y el resultado es una dirección árida e incómoda en la que los planos expresivos se convierten en eje central. Hay una gran cantidad de primeros planos, Bergman los sostiene durante largo rato, pero el mérito real es de las actrices, que consiguen reflejar el traqueteo del alma a través de sus duras facciones. También hay mucho zoom y algunos travellings, por lo demás, la dirección es elegante y contundente. La fotografía es otro elemento que tiene un papel fundamental en Gritos y susurros; el uso predominante del rojo en la dirección de Sven Nykvist simboliza para Bergman la agonía, el sufrimiento extremo, la sangre. La iluminación es sencillamente espectacular, como siempre que anda este director de fotografía cerca, y refleja tan bien como los demás elementos los temas centrales que obsesionan al director sueco. El paso del tiempo, la muerte, la soledad y la incomunicación se ven en cada plano vacío, en el péndulo de cada reloj y en cada sufrido primer plano. Gritos y susurros confirma una vez más a Nykvist como uno de los mejores directores de fotografía de la historia, ya no sólo porque fotografía como nadie, si no también porque comprende con extrema fidelidad la intención del director y la pone en práctica con ideas del todo brillantes.

No se me ocurre un nombre mejor que Gritos y susurros para ésta película; es sencillamente eso. Los problemas existenciales que planteaba Ingmar Bergman en películas como Fresas salvajes, Persona o La hora del lobo nunca fueron tan opresivos y dolorosos, a pesar de que esas películas tengan mayores aciertos en otro tipo de elementos. Hacía tiempo que no veía una película tan estimulante; habrá que elegir con cuidado la próxima película que ver del director, puede que sea El rostro, que es la que tengo por aquí.



Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s