Los límites de las cabras

Los límites del control La última película de Jarmusch me ha sorprendido por dos motivos, uno más peregrino que el otro. Primero, está rodada en España y no da una imagen muy distorsionada de los que por aquí andamos; segundo, su propuesta estética se aleja mucho de la de cualquier otra película que haya visto del director.

Los límites del control es una película hermética, porque elimina las explicaciones de la historia y no la justifica, no dirige al espectador hacia un mensaje ni lo guía dentro de la historia. De todas formas no es una película de David Lynch, sigue un argumento bien marcado y con sentido, a ratos parece una parodia tomada muy en serio. Su visión del mundo del arte como un medio amenazado por los capitalistas que necesita un salvador es realmente interesante, como premisa suena bien y el tono que Jarmusch adopta es elegante. El problema es que Los límites del control es reiterativa en extremo, durante dos horas asistimos a las mismas situaciones: protagonista llega a un bar, pide dos expressos, llega un desconocido, le da una cajita de cerillas, se come el papel de dentro y se va a casa, hace ejercicio, se acuesta en la cama con los brazos detrás de la cabeza y el día siguiente vuelta a empezar. Si algo salva dos horas de repetición es la intervención de algunos actores estelares como Luis Tosar, Tilda Swinton y, sobre todo, John Hurt.

El estilo visual de la película es algo que me ha sorprendido bastante, en este sentido Los límites del control se aleja de cualquier película de Jarmusch que yo haya visto. La austeridad visual, santo y seña de películas como Mistery Train o Down by Law, se desplaza en favor de una realización mucho más estilizada que a veces llega a parecer un anuncio de Emidio Tucci. Aún con eso, el gusto por el plano detalle y la iluminación de Christopher Doyle, siempre preocupada por las texturas, dotan a Los límites del control de consistencia y cierto atractivo.

En cuanto a las localizaciones, sorprende encontrar a Isaach De Bankolé en sitios de Sevilla como la Calle Betis, pero rechina comprobar que en el montaje se traiciona la verdadera geografía de la ciudad. De todas formas es un mal menor, la visión de la cultura española que se ofrece es respetuosa y original. Puede ser, incluso, que en el reflejo que da Jarmusch, el país salga más favorecido de lo que en realidad es; ya sólo el hecho de elegir a Madrid y Sevilla (por encima de París o Roma) para situar una historia que habla del arte sorprende. Se hace necesario recordar la magistral escena en el tablao, realizada con una comprensión y un respeto al flamenco que abruma y conmueve. (El que se tenga por grande/ que se vaya al cementerio/ y verá lo que es el mundo/ es un palmo de terreno.)

Los hombres que... Aún sin haber leído el libro en el que está basada Los hombres que miraban fijamente a las cabras se pueden percibir algunos desequilibrios en la adaptación. El guión que toma Grant Heslov para hacer la película se intuye mucho más suavizado que el libro; si no es así, no se entiende porqué existen escenas como la del rapto, que no aportan absolutamente nada al desarrollo de la historia y parecen puro relleno. Imagino que en el libro éste pasaje, por ejemplo, estaría lleno de alguna suerte de ironía crítica, o que, en definitivas cuentas, tendría algo que justificara su aparición.

El humor de la película se mueve entre el absurdo y el negro, y muchas veces no sabe distinguir la línea que separa la gracia del mal gusto, además la banda sonora confunde al espectador en varias ocasiones introduciendo un tono dramático a una escena humorística. Aún así, la mayoría de los puntos graciosos se celebraron con sonoras carcajadas en la sala. Gran parte del éxito de las bromas es mérito de los actores, se están divirtiendo y eso se transmite. La aparición de George Clooney y Jeff Bridges es, junto al humor absurdo, lo que hace creer al espectador que está ante una película en la onda de los Coen; nada más lejos de la realidad, a Los hombres que miraban fijamente a las cabras le falta mucha mala idea para parecerse en algo a la película más floja de los hermanos.

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