La caída y el fin

Kagemusha, la sombra del guerrero Kagemusha, la sombra del guerrero es una producción de Francis F. Coppola y George Lucas para un director que había quedado desubicado, que se quedó atrás en el cambio cultural y fue adelantado por una nueva generación de cineastas que comprendían e interpretaban mejor el Japón de su época.

No es de extrañar por tanto que Kagemusha sea una película tan triste. Kurosawa toma el dinero de los occidentales (ya eran los únicos que lo ofrecían) y construye con él su visión sobre el fin del periodo Sengoku, que llega en 1575 con la entrada de los portugueses en Japón. Es curioso comprobar cómo Kurosawa se vuelve más introspectivo en referencia a la historia de su país cuando recibe capital extranjero; en Kagemusha pocos son los asideros para que el espectador occidental se sume a la buena comprensión de la historia. Sólo si nos percatamos de que el principal enemigo del clan Takeda está fuertemente influenciado por los cambios que vienen de Europa comprenderemos el verdadero objetivo de la película; y éstos cambios pueden pasar fácilmente desapercibidos, pues se limitan a la aparición del vino, los curas y, sobre todo, las armas de fuego.

La aproximación de Akira Kurosawa al fin de la época Sengoku carece del optimismo de películas anteriores como Dersu Uzala, tampoco tiene el protagonista claro de anteriores jidaigeki como Yojimbo o Sanjuro. Hasta ese momento Kagemusha era una película atípica en la filmografía del director (después haría Ran en un tono parecido) no tanto técnicamente, más bien en referencia a la temática. La elección de recrear el fin de ésta época de la historia de Japón la toma un Kurosawa sombrío y triste, que ve como ha sido relegado por nuevos cineastas, que ve cómo su época se acaba y tiene que emigrar de la Unión Soviética a Estados Unidos para encontrar a alguien que le produzca una película. El fin de la época Sengoku está rodado con visceralidad: se detiene y remueve en el dolor y la tristeza de los personajes; especialmente en la última escena, cuando la sombra de Shingen se arroja al campo de batalla como si del propio Kurosawa se tratara: morir matando.

Ran y Kagemusha podrían ser películas hermanas, ambas ambiciosas, ambas reflejan el fin desde perspectivas parecidas, ambas de unas batallas y un uso del color deslumbrantes, pero Ran ahonda con mayor profundidad en uno de los aspectos que Kagemusha ya trata: la familia. Kagemusha es más dispersa; aparte de la familia y el fin, trata temas como la muerte o la identidad. Es un Akira Kurosawa pesimista, que ve el fin cerca y echa el resto en cada película que puede hacer, como si fuera la última, porque puede ser la última.

Drugstore Cowboy Drugstore Cowboy es la primera película de Gus Van Sant que no me parece cercana a la tomadura de pelo, de hecho me ha parecido bastante remarcable, una pena que los indicadores de opinión no señalen como buena alguna película más de éste director. El problema que tocaba a producciones como El indomable Will Hunting o la reciente Mi nombre es Harvey Milk no está aquí, Drugstore Cowboy es una película sincera y coherente, que se ahorra el veredicto moral y deja decidir a los personajes por sí mismos, sin orientarlos en favor de lo conveniente para que la película tenga un mayor impacto.

Drugstore Cowboy se aleja de cualquier intención moralizante al mostrar el día a día de dos parejas de drogadictos que asaltan farmacias en busca de drogas y diversión. Bob Hughes, interpretado con bastante acierto por Matt Dillon, se erige en cabecilla de la banda y se dedica a diseñar nuevos modos de conseguir los medicamentos; de éste planteamiento surge la primera hora de la película, cargada de situaciones bien construidas y bastante divertidas, llenas de diálogos brillantes, buenas interpretaciones y una fina ironía que asoma la cabecita de vez en cuando. No nos llevemos a engaño, Drugstore Cowboy no es una película que tenga una profundidad considerable en su discurso, lo que ves es lo que hay; no obstante hay que comprender su éxito en 1989, toca sin prejuicios y sin recurrir a tópicos el tema de la droga; más tarde otras películas lo harían con más arrojo, pero ésta lo hizo primero.

Cuando llega la hora y 10 minutos la película cambia de dirección en consecuencia al cambio del personaje principal, a partir de ahora se mostrará a un Bob Hughes que se relacionará de manera distinta con las cosas y personas que le rodean y que mirará las situaciones de su día a día desde una perspectiva distinta. Ahora reaparecen personajes como Diane, David o el policía. Éstos le recordarán lo difícil que es volver a una vida sin drogas; también conocerá a Tom, un cura toxicómano que interpreta el poeta William S. Borroughs y que atesora mucha sabiduría. (Las drogas han sido usadas sistemáticamente como cabezas de turco y demonizadas. La idea de que alguien tome drogas y escape a un destino horrible es como un anatema para esos idiotas…)

Drugstore Cowboy es una película que bien podría servir de adalid de cierto tipo de cine nortamericano independiente. Hoy esa etiqueta está prostituida y explotada en extremo, de hecho si seguimos con la misma jerga, Gus Van Sant podría considerarse a día de hoy como uno de los mayores proxenetas de la industria hollywoodiense.



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