Éstos días de descanso.

En éstos últimos días he visto tres películas de escaso interés artístico, pero bastante distraidas en general y que permiten la relajación que me pide el cuerpo.

La primera de ellas la vi el 11 de febrero, The Game. David Fincher es un director que siempre me ha producido cierta desconfianza. El club de la lucha me pareció hipócrita en el plano ideológico, La habitación del pánico y Zodiac me resultaron entretenidas, pero poco más y Se7en me gustó, aunque su tufillo nihilista echa para atrás.
Ayer, que tenía ganas de ver algo ligerito y sin ínfulas autoriles, me decanté por The Game. No terminé decepcionado, más que nada porque no tenía más expectativas que pasar un rato agradable. La tercera película de Fincher es una producción tremendamente entretenida, que calcula de forma milimétrica el crescendo de intensidad sin escatimar en trampas de guión y artificios inútiles, y que, además, se agota en sí misma. Un segundo visionado no se hace necesario, aunque mejor así, porque casi cada escena está montada haciendo uso de alguna trampa narrativa. El caso más evidente es cuando un falso final bastante tramposillo da paso al verdadero, que se veía venir desde… uhmm, el minuto 15. En referencia a éste, la carga ideológica anti-capitalista que introduce Fincher es más discreta que en El club de la lucha, pero igualmente evidente. Es de vergüenza que una película que cuesta millones de dólares, transmita un mensaje así. Recuerda a la frase esa de la iglesia: es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre al reino de los cielos.
En fin, una película entretenida, para ver sólo una vez, con un Michael Douglas en forma y una iluminación sobresaliente.

Inferno la vi el día 13, y he de reconocer que no he visto la película que precede a ésta secuela, Suspiria, y por eso puede que mi juicio sea parcial.
Lo primero que me ha desagradado de la película es su iluminación, si no fuera tan mala quizás la hubiera aceptado con otra predisposición. Éste es un elemento de las películas que se hace notar especialmente cuando falla, y aquí esas tonalidades entre rojos y azules tan propia de la serie Pesadillas, los trucos para iluminar algunas zonas determinadas y algunos fallos de raccord en la iluminación producen un ambiente entre cutre y cutrísimo. Por otro lado, encontramos un guión bastante malo, que no se decanta por una trama en concreto y deja muchos hilos narrativos sin cerrar.
Hay que reconocer que hay ciertas pinceladas argentianas en la dirección que la salvan del descalabro total. Recuerdo especialmente la escena en la que la hermana del protagonista se adentra en una habitación subterránea llena de agua. Por lo demás, ésta Inferno supone una decepción enorme tras la estimable Ópera, y la excelente Rojo oscuro.

El día 14 de febrero he visto con Juani Resacón en las Vegas, siempre es mejor una película ligerita para éstas situaciones. La película es frívola hasta la náusea, víctima de la moda (esa banda sonora, por Dios). Su corazón es de cartón-piedra, como los casinos de las Vegas, y, sin embargo, me ha parecido graciosa y entretenida. Los chistes son extremadamente primarios, pero funcionan en muchas ocasiones gracias a la química que hay entre los protagonistas. Lo mejor es la estructura, resulta ingeniosa su concepción y eso es mucho teniendo en cuenta que es lo que organiza toda la historia. Por cierto, la traducción del título es de juzgado de guardia.


Maria Braun, primera aproximación a Fassbinder.

El matrimonio de Maria Braun es la primera película que veo de Rainer W. Fassbinder. Me habían dicho que sus películas resultaban áridas de ver y eso, más de una vez, me había persuadido en favor de algún otro título. Por suerte, anoche me encontraba con el estado de ánimo idóneo para afrontar una película de complicado cariz.

La historia de Maria Braun está construída en torno a la idea de mostrar metafóricamente el desarrollo económico y social de la Alemania de después de la II Guerra Mundial. Éste punto de partida y, a su vez, objetivo se dilucida gracias a las fotografías de Hitler al principio, y de los dirigentes de la Alemania del oeste al final: Adenauer, Erhart, Kiesinger y Schmidt. Es, sin duda, éste matrimonio de Maria Braun una excelente metáfora del desarrollo alemán; los personajes son, en muchas ocasiones, un modelo de los factores que intervinieron en el cambio social de la época. La madre de Maria es una mujer que se adapta rápidamente al nuevo modelo cultural, se busca un amante y olvida la muerte de su marido en el frente junto al bochornoso pasado reciente. Oswald, el amante de la protagonista en la segunda mitad de la película, es un francés que tiene un negocio textil en Alemania; un empresario al borde de la muerte que le da mayor importancia a los sentimientos que a la economía y que se enamora de la frescura de Maria. Por el otro lado encontramos a Senkenberg, socio de Oswald, que representa con su personalidad a una Alemania que se centra en los negocios para mirar adelante pero que se deja en la derrota bélica los sentimientos y las relaciones afectivas. Y Maria, en medio de todos ellos, se convierte por momentos en el espíritu de la Alemania que se desarrolla a ritmo vertiginoso, que cambia y se vuelve fría como el hielo.

Todo éste aparato metafórico que subyace bajo la historia resulta interesante, sin embargo el máximo interés lo he encontrado en el cómo, no en el qué. Es decir, el desarrollo de Alemania en esa época es un tema que interesa principalmente a los alemanes y a los historiadores. Lo que me ha mantenido pegado al asiento, rozando el éxtasis en algunas ocasiones, es el modo en que está hecha la película.

La dirección de Rainer W. Fassbinder me ha parecido muy estimulante, su trabajo junto a los directores de fotografía Michael Ballhaus y Horst Knecht se me antoja especialmente próximo. La dirección tiene mucho que ver con el diseño de los decorados, el trabajo de iluminación, el uso de unas tonalidades específicas, y, sobre todo, una planificación muy detallada del movimiento de los personajes a través del escenario. La cámara de Fassbinder se sitúa siempre en una zona discreta, en la que parece que estamos espiando a los personajes: a través de rejillas, marcos de puertas o paredes destruidas (especial mención al boquete de la casa de Maria, por el que se ve casi todo). En éste sentido, la dirección de Fassbinder recuerda a la de Murnau cuando éste último usaba trucos para atravesar las paredes. Fassbinder no necesita eso, tiene el pretexto perfecto para poder destruirlas y ver a través de ellas.

Por otro lado, el movimiento de los personajes a través del cuadro es un efecto de carácter teatral que dota de gran riqueza a las escenas y justifica los elegantes movimientos de cámara. Ésto no quiere decir que la película sea teatral, es más, con esa característica tan propia del teatro consigue realzar aún más la narrativa propiamente cinematográfica. Recuerdo especialmente esa escena en la que Maria pasa por los brazos de cada uno de los asistentes al cumpleaños de su madre, y me doy cuenta de que hasta el más insignificante detalle está justificado y tiene un sentido dentro del aparato ideológico de la historia.

Otro tanto en favor, ésta vez de los guionistas Pea Fröhlich y Peter Märthesheimer, está en el fino sentido de la ironía y del humor; los diálogos de Maria juegan en muchas ocasiones con más de una línea de interpretación. Maria es una mujer fuerte, que se adapta a las dificultades y sabe salir a flote, es un personaje caracterizado en cada detalle, en cada gesto y palabra. Hay que reconocer que Hanna Schygulla se adapta magníficamente al papel, dotándolo de gracia y sensualidad. Los demás personajes, sin llegar a la definición casi milimétrica de Maria, se detallan en sus gestos, en sus reacciones y palabras también.

En definitiva, El matrimonio de Maria Braun me ha parecido excepcionalmente inteligente en su contenido, construida con una mirada única y un planteamiento teórico muy sólido. Es un primer paso que invita con insistencia a indagar más en la filmografía de Rainer Fassbinder. Su tacto cinematográfico lo aleja de cualquier otro estilo que haya conocido, y su película, lejos de parecerme aburrida, me ha parecido realmente estimulante. En algún que otro momento me he encontrado como la protagonista del cortometraje de Konchalovsky perteneciente a la colección A cada uno su cine: al borde del colapso ante la extrema belleza de las imágenes y sus significados.