El cielo y el infierno según Malick.

Hablar de las imágenes se convierte en una tarea mastodóntica cuando nos referimos a Terrence Malick. Gilbert Durand lo avisó, es imposible acercarse al significado pleno de las imágenes a través de las palabras: sólo la propia imagen explica a la imagen. O cómo dice el refrán: una imagen vale más que mil palabras. Pero bueno, haciendo caso omiso del antropólogo y la sabiduría popular, vamos a intentar hablar de la segunda película del inefable Terrence Malick.

Días del cielo es una historia alrededor de las mentiras sobre las que se construye la felicidad y sobre cómo se desmorona todo. Los protagonistas pasan de vivir en el infierno de las ciudades industrializadas, al cielo de los campos de trigo, donde los problemas parecen desaparecer. Sin embargo, lejos de desaparecer, los campos crean el conflicto cuando el terrateniente de la finca se enamora de Abby y ella acepta casarse para recibir su herencia, ya que está a punto de morir. Días del cielo es, también, un alegato contra el maniqueismo cuando nos enseña  cómo las buenas personas toman una y otra vez decisiones equivocadas que los conducirán irreversiblemente a la tragedia. Bill y Abby se equivocan constantemente y aunque intentan rectificar, el edificio está torcido desde la base y no se puede mantener en pie. En relación con el carácter narrativo de la película, es evidente que está desplazado en favor de la contemplación, de la recreación de ambientes y la fijación por la naturaleza al menos durante la primera hora, a partir de entonces todo empieza a acelerarse y los acontecimientos transcurren con mayor rapidez hasta el incendio.

Los anclados al modelo de representación institucional dicen que la película está desequilibrada, que la tendencia a la contemplación de Malick hace que la película flojee en el aspecto narrativo. Pues sí, el argumento está desdibujado y se pospone en favor de la observación, en favor de recrear una época extinta en la que la relación con la naturaleza era la forma más simple y efectiva de ser feliz, pero no es un error en tanto que es completamente premeditado. O entras en el juego o no entras, pero no se puede tratar de error un presupuesto establecido conscientemente por el director y que, además, guía los trazos de toda su carrera, desde Malas tierras hasta El nuevo mundo. La dirección de Malick se decanta por recrear los inicios del siglo XX  haciendo uso de pocos elementos y por centrar casi toda su atención en la naturaleza y en la interacción de los personajes con ésta, factor permanente a lo largo de su escasa filmografía. Así encontramos numerosos planos que median entre los rigurosamente narrativos y que son de un lirismo maravilloso. Recuerdo especialmente aquel de la copa hundida en el agua, un tren cruzando un puente y unos caballos negros con el lomo cubierto de nieve.

La fotografía de Néstor Almendros bien mereció el oscar, hay planos que parecen imposibles y la mayoría de ellos están rodados en exteriores, añadiendo la dificultad de grabar con la caprichosa luz del sol. En éste sentido, resulta difícil esclarecer quién hizo qué en los aspectos de la fotografía, aunque me decanto por pensar que Almendros se limitó a tratar la iluminación y Malick decidió los encuadres y demás. El trabajo de lidiar con el sol, recrear las distintas estaciones y diseñar escenas en las que hay cambios de luz brutales sólo podía llevarlo a cabo un director de fotografía experimentado y experimentador, y Almendros consiguió una fotografía que está en el límite de lo pensable con la tecnología del momento. Como resumen de su capacidad como fotógrafo se puede ver la escena en la que Bill y Abby hablan dentro de una habitación oscura y después la muchacha sale al campo. La cámara la sigue, y a pesar de que fuera hace un día tremendamente luminoso, la imagen no sufre cambio de contraste alguno. Ésta escena bien podría actuar de sumario de la carrera de Almendros como director de fotografía ya que es de una simpleza discreta pero de una brillantez técnica apabullante.

Por otro lado, Terrence Malick encuentra en la voz narradora y en la música de Ennio Morricone el nexo de unión entre las imágenes. La narración se encarga de mostrar los estadios anímicos de los personajes al tiempo que ofrece reflexiones que acentúan el lirismo visual. La instancia narradora se hace necesaria en el momento en el que el director decide dejar de lado la explicación causal de los conflictos y decantarse por mostrar más que por narrar. La música de Morricone, a pesar de ser buena, resulta un poco decepcionante. Está caracterizada por una orquestación generosa en instrumentos para crear unas melodías que en la mayoría de los casos resultan asépticas. Parece un Ennio Morricone que se reivindica a sí mismo como artista y que se quiere separar del gamberrismo del spaghetti western, un músico enchaquetado que ha perdido su frescura pero que afortunadamente conserva su buen hacer.

Días del cielo es más redonda que Malas tierras aunque ésta ofrecía escenas memorables como la de los protagonistas bailando a la luz de los faros del coche con la música de Nina Simone. La segunda película de Malick crea una estética entre campos de trigo que introduce al espectador en una época perdida (¿existió de verdad?) en la que la naturaleza era la base de la vida y de la relación con ésta surgía todo. Más allá de su argumento, Días del cielo reivindica un modo de vida, una vuelta a los orígenes.



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