Maria Braun, primera aproximación a Fassbinder.

El matrimonio de Maria Braun es la primera película que veo de Rainer W. Fassbinder. Me habían dicho que sus películas resultaban áridas de ver y eso, más de una vez, me había persuadido en favor de algún otro título. Por suerte, anoche me encontraba con el estado de ánimo idóneo para afrontar una película de complicado cariz.

La historia de Maria Braun está construída en torno a la idea de mostrar metafóricamente el desarrollo económico y social de la Alemania de después de la II Guerra Mundial. Éste punto de partida y, a su vez, objetivo se dilucida gracias a las fotografías de Hitler al principio, y de los dirigentes de la Alemania del oeste al final: Adenauer, Erhart, Kiesinger y Schmidt. Es, sin duda, éste matrimonio de Maria Braun una excelente metáfora del desarrollo alemán; los personajes son, en muchas ocasiones, un modelo de los factores que intervinieron en el cambio social de la época. La madre de Maria es una mujer que se adapta rápidamente al nuevo modelo cultural, se busca un amante y olvida la muerte de su marido en el frente junto al bochornoso pasado reciente. Oswald, el amante de la protagonista en la segunda mitad de la película, es un francés que tiene un negocio textil en Alemania; un empresario al borde de la muerte que le da mayor importancia a los sentimientos que a la economía y que se enamora de la frescura de Maria. Por el otro lado encontramos a Senkenberg, socio de Oswald, que representa con su personalidad a una Alemania que se centra en los negocios para mirar adelante pero que se deja en la derrota bélica los sentimientos y las relaciones afectivas. Y Maria, en medio de todos ellos, se convierte por momentos en el espíritu de la Alemania que se desarrolla a ritmo vertiginoso, que cambia y se vuelve fría como el hielo.

Todo éste aparato metafórico que subyace bajo la historia resulta interesante, sin embargo el máximo interés lo he encontrado en el cómo, no en el qué. Es decir, el desarrollo de Alemania en esa época es un tema que interesa principalmente a los alemanes y a los historiadores. Lo que me ha mantenido pegado al asiento, rozando el éxtasis en algunas ocasiones, es el modo en que está hecha la película.

La dirección de Rainer W. Fassbinder me ha parecido muy estimulante, su trabajo junto a los directores de fotografía Michael Ballhaus y Horst Knecht se me antoja especialmente próximo. La dirección tiene mucho que ver con el diseño de los decorados, el trabajo de iluminación, el uso de unas tonalidades específicas, y, sobre todo, una planificación muy detallada del movimiento de los personajes a través del escenario. La cámara de Fassbinder se sitúa siempre en una zona discreta, en la que parece que estamos espiando a los personajes: a través de rejillas, marcos de puertas o paredes destruidas (especial mención al boquete de la casa de Maria, por el que se ve casi todo). En éste sentido, la dirección de Fassbinder recuerda a la de Murnau cuando éste último usaba trucos para atravesar las paredes. Fassbinder no necesita eso, tiene el pretexto perfecto para poder destruirlas y ver a través de ellas.

Por otro lado, el movimiento de los personajes a través del cuadro es un efecto de carácter teatral que dota de gran riqueza a las escenas y justifica los elegantes movimientos de cámara. Ésto no quiere decir que la película sea teatral, es más, con esa característica tan propia del teatro consigue realzar aún más la narrativa propiamente cinematográfica. Recuerdo especialmente esa escena en la que Maria pasa por los brazos de cada uno de los asistentes al cumpleaños de su madre, y me doy cuenta de que hasta el más insignificante detalle está justificado y tiene un sentido dentro del aparato ideológico de la historia.

Otro tanto en favor, ésta vez de los guionistas Pea Fröhlich y Peter Märthesheimer, está en el fino sentido de la ironía y del humor; los diálogos de Maria juegan en muchas ocasiones con más de una línea de interpretación. Maria es una mujer fuerte, que se adapta a las dificultades y sabe salir a flote, es un personaje caracterizado en cada detalle, en cada gesto y palabra. Hay que reconocer que Hanna Schygulla se adapta magníficamente al papel, dotándolo de gracia y sensualidad. Los demás personajes, sin llegar a la definición casi milimétrica de Maria, se detallan en sus gestos, en sus reacciones y palabras también.

En definitiva, El matrimonio de Maria Braun me ha parecido excepcionalmente inteligente en su contenido, construida con una mirada única y un planteamiento teórico muy sólido. Es un primer paso que invita con insistencia a indagar más en la filmografía de Rainer Fassbinder. Su tacto cinematográfico lo aleja de cualquier otro estilo que haya conocido, y su película, lejos de parecerme aburrida, me ha parecido realmente estimulante. En algún que otro momento me he encontrado como la protagonista del cortometraje de Konchalovsky perteneciente a la colección A cada uno su cine: al borde del colapso ante la extrema belleza de las imágenes y sus significados.



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